disparar la flecha

Esta semana me llamaron la atención dos ideas bien distintas que comparten sustantivo. La primera es una cita del libro Inundación, de Eugenia Almeida, que dice “Ahora me pregunto si, en este tiempo, hay para mí una estructura lingüística que no sea la pregunta. Una ecuación cuya equis no pueda despejarse”. La otra aparece en el tema La luz, de J Balvin, y dice: “Yo tengo una amiga que le gusta lo mismo que a mí me gusta, nunca pone signo de pregunta, nada le asusta”. El fragmento del libro es precioso; redondo y espiralado a la vez, parte de y vuelve a la pregunta, como núcleo y fuerza de movimiento, como motor, como ancla.

La canción por otro lado viene a concluir en que, como esta chica no duda, no tiene miedo. No me interesa despotricar contra el reguetón y su noción de firmeza, de mina empoderada. Me gusta esa música y tiene una forma extraña de hacerme sentir linda que algún día voy a explorar más de cerca. Pero además rescato, de esa idea, la relación entre pregunta y miedo.

 

 

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Soy de la creencia de que el arte debe necesariamente trascender el efecto estético, importante para el impacto, para atraer, pero que no es algo sobre lo que pueda reposar. En ese sentido, creo que no se trata sólo de hacerse preguntas: un jirón fundamental de muchas formas de arte, para que se sostengan en el tiempo, es no poder parar de hacerse preguntas.

El año pasado, para −entre otros motivos− que el aburrimiento no se convirtiera rápidamente en tristeza, me metí en una maestría y volví a estudiar. Una de las primeras materias fue Introducción a la poesía. Yo leo poca poesía y jamás la escribo. Me incomoda, creo, por todas las razones equivocadas. Me perturba de una manera en apariencia profunda pero en realidad bastante superficial. Quiero decir: me pone analítica.

Cuestión que para este seminario teníamos que escribir un poema por clase y presentarlos al final junto con un ensayo. Los poemas recibían devolución de la profesora, María, y de los compañeros, y tenían como disparador alguna consigna que podía tomarse o no, según se necesitara. Yo, como siempre partí de la mente en blanco, siempre las necesité.

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Para la sexta clase escribí sobre esto, sobre las preguntas como soporte del acontecimiento artístico. Mi poema era malo y no me animo a compartirlo, pero esta fue la devolución de María: “Julieta, el poema es ingenioso. El problema con las cosas ingeniosas es que no siempre nos tocan en el hueso de algo importante. Quizá nos hacen sonreír porque participamos en el desconcierto que instauran. Pero sería bueno que estés conciente de que todavía tenés que comprometerte más en lo que estás diciendo”.

 

Escribir poesía me parece una tarea dificilísima porque me desesperan los tantos cabos sueltos, pero ese es un problema mío como lectora y en todo caso como neurótica inofensiva. En frío, entiendo que parte de ese compromiso es bancarse justamente el miedo a la pregunta abierta y perderle un poco el respeto autoritario, vertical, porque es la única manera que tiene, sea un poema, una película, una campera o un corte de pelo, de imprimir su lugar en el mundo, de crearse una especie de conciencia, de entidad. Pero además, hacer es eso. Es escuchar al miedo sin convertirlo en nuestro coronel; es bancarse la tensión del arco y la fuerza que tenemos que ejercer hasta apuntar bien la flecha, para que al disparar no caiga ahí nomás de donde estamos.

La realidad siempre es mayor a lo que cualquier arte puede captar. El arte es el vehículo que le permite a la realidad deformarse, no ser lo que es, y se expresa de manera compleja hasta en lo más simple. El poema, decía María, debe pararse exactamente en ese punto donde es imposible pararse, alumbrar un pensamiento antes impensable. Para esto se necesita (como mínimo) curiosidad.

No toda pregunta abierta es un acontecimiento artístico, pero me parece que todo acontecimiento artístico pone sobre la mesa preguntas. Por eso creo en lo que dice Eugenia y creo que en lo que dice Balvin: la pregunta es necesaria para aprender, y a mí me encanta aprender. También es un recorrido de autoconocimiento (a veces hermoso y otras brutal). Pero en algún momento tenemos que soltar la flecha y confiar en nuestro criterio, en que algo ya aprendimos, ya sabemos. En que con eso algo se puede hacer. Ponerlo a disposición de lo nuevo también es parte del compromiso.

Esta semana me llamaron la atención dos ideas bien distintas que comparten sustantivo. La primera es una cita del libro Inundación, de Eugenia Almeida, que dice “Ahora me pregunto si, en este tiempo, hay para mí una estructura lingüística que no sea la pregunta. Una ecuación cuya equis no pueda despejarse”. La otra aparece en el tema La luz, de J Balvin, y dice: “Yo tengo una amiga que le gusta lo mismo que a mí me gusta, nunca pone signo de pregunta, nada le asusta”. El fragmento del libro es precioso; redondo y espiralado a la vez, parte de y vuelve a la pregunta, como núcleo y fuerza de movimiento, como motor, como ancla.

La canción por otro lado viene a concluir en que, como esta chica no duda, no tiene miedo. No me interesa despotricar contra el reguetón y su noción de firmeza, de mina empoderada. Me gusta esa música y tiene una forma extraña de hacerme sentir linda que algún día voy a explorar más de cerca. Pero además rescato, de esa idea, la relación entre pregunta y miedo.

Soy de la creencia de que el arte debe necesariamente trascender el efecto estético, importante para el impacto, para atraer, pero que no es algo sobre lo que pueda reposar. En ese sentido, creo que no se trata sólo de hacerse preguntas: un jirón fundamental de muchas formas de arte, para que se sostengan en el tiempo, es no poder parar de hacerse preguntas.

El año pasado, para −entre otros motivos− que el aburrimiento no se convirtiera rápidamente en tristeza, me metí en una maestría y volví a estudiar. Una de las primeras materias fue Introducción a la poesía. Yo leo poca poesía y jamás la escribo. Me incomoda, creo, por todas las razones equivocadas. Me perturba de una manera en apariencia profunda pero en realidad bastante superficial. Quiero decir: me pone analítica.

Cuestión que para este seminario teníamos que escribir un poema por clase y presentarlos al final junto con un ensayo. Los poemas recibían devolución de la profesora, María, y de los compañeros, y tenían como disparador alguna consigna que podía tomarse o no, según se necesitara. Yo, como siempre partí de la mente en blanco, siempre las necesité.

Para la sexta clase escribí sobre esto, sobre las preguntas como soporte del acontecimiento artístico. Mi poema era malo y no me animo a compartirlo, pero esta fue la devolución de María: “Julieta, el poema es ingenioso. El problema con las cosas ingeniosas es que no siempre nos tocan en el hueso de algo importante. Quizá nos hacen sonreír porque participamos en el desconcierto que instauran. Pero sería bueno que estés conciente de que todavía tenés que comprometerte más en lo que estás diciendo”.

Escribir poesía me parece una tarea dificilísima porque me desesperan los tantos cabos sueltos, pero ese es un problema mío como lectora y en todo caso como neurótica inofensiva. En frío, entiendo que parte de ese compromiso es bancarse justamente el miedo a la pregunta abierta y perderle un poco el respeto autoritario, vertical, porque es la única manera que tiene, sea un poema, una película, una campera o un corte de pelo, de imprimir su lugar en el mundo, de crearse una especie de conciencia, de entidad. Pero además, hacer es eso. Es escuchar al miedo sin convertirlo en nuestro coronel; es bancarse la tensión del arco y la fuerza que tenemos que ejercer hasta apuntar bien la flecha, para que al disparar no caiga ahí nomás de donde estamos.

La realidad siempre es mayor a lo que cualquier arte puede captar. El arte es el vehículo que le permite a la realidad deformarse, no ser lo que es, y se expresa de manera compleja hasta en lo más simple. El poema, decía María, debe pararse exactamente en ese punto donde es imposible pararse, alumbrar un pensamiento antes impensable. Para esto se necesita (como mínimo) curiosidad.

No toda pregunta abierta es un acontecimiento artístico, pero me parece que todo acontecimiento artístico pone sobre la mesa preguntas. Por eso creo en lo que dice Eugenia y creo que en lo que dice Balvin: la pregunta es necesaria para aprender, y a mí me encanta aprender. También es un recorrido de autoconocimiento (a veces hermoso y otras brutal).

Pero en algún momento tenemos que soltar la flecha y confiar en nuestro criterio, en que algo ya aprendimos, ya sabemos. En que con eso algo se puede hacer. Ponerlo a disposición de lo nuevo también es parte del compromiso.

Esta semana me llamaron la atención dos ideas bien distintas que comparten sustantivo. La primera es una cita del libro Inundación, de Eugenia Almeida, que dice “Ahora me pregunto si, en este tiempo, hay para mí una estructura lingüística que no sea la pregunta. Una ecuación cuya equis no pueda despejarse”. La otra aparece en el tema La luz, de J Balvin, y dice: “Yo tengo una amiga que le gusta lo mismo que a mí me gusta, nunca pone signo de pregunta, nada le asusta”. El fragmento del libro es precioso; redondo y espiralado a la vez, parte de y vuelve a la pregunta, como núcleo y fuerza de movimiento, como motor, como ancla.

La canción por otro lado viene a concluir en que, como esta chica no duda, no tiene miedo. No me interesa despotricar contra el reguetón y su noción de firmeza, de mina empoderada. Me gusta esa música y tiene una forma extraña de hacerme sentir linda que algún día voy a explorar más de cerca. Pero además rescato, de esa idea, la relación entre pregunta y miedo.

 

 

 

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Soy de la creencia de que el arte debe necesariamente trascender el efecto estético, importante para el impacto, para atraer, pero que no es algo sobre lo que pueda reposar. En ese sentido, creo que no se trata sólo de hacerse preguntas: un jirón fundamental de muchas formas de arte, para que se sostengan en el tiempo, es no poder parar de hacerse preguntas.

El año pasado, para −entre otros motivos− que el aburrimiento no se convirtiera rápidamente en tristeza, me metí en una maestría y volví a estudiar. Una de las primeras materias fue Introducción a la poesía. Yo leo poca poesía y jamás la escribo. Me incomoda, creo, por todas las razones equivocadas. Me perturba de una manera en apariencia profunda pero en realidad bastante superficial. Quiero decir: me pone analítica.

Cuestión que para este seminario teníamos que escribir un poema por clase y presentarlos al final junto con un ensayo. Los poemas recibían devolución de la profesora, María, y de los compañeros, y tenían como disparador alguna consigna que podía tomarse o no, según se necesitara. Yo, como siempre partí de la mente en blanco, siempre las necesité.

Para la sexta clase escribí sobre esto, sobre las preguntas como soporte del acontecimiento artístico. Mi poema era malo y no me animo a compartirlo, pero esta fue la devolución de María: “Julieta, el poema es ingenioso. El problema con las cosas ingeniosas es que no siempre nos tocan en el hueso de algo importante. Quizá nos hacen sonreír porque participamos en el desconcierto que instauran. Pero sería bueno que estés conciente de que todavía tenés que comprometerte más en lo que estás diciendo”.

Escribir poesía me parece una tarea dificilísima porque me desesperan los tantos cabos sueltos, pero ese es un problema mío como lectora y en todo caso como neurótica inofensiva. En frío, entiendo que parte de ese compromiso es bancarse justamente el miedo a la pregunta abierta y perderle un poco el respeto autoritario, vertical, porque es la única manera que tiene, sea un poema, una película, una campera o un corte de pelo, de imprimir su lugar en el mundo, de crearse una especie de conciencia, de entidad. Pero además, hacer es eso. Es escuchar al miedo sin convertirlo en nuestro coronel; es bancarse la tensión del arco y la fuerza que tenemos que ejercer hasta apuntar bien la flecha, para que al disparar no caiga ahí nomás de donde estamos.

La realidad siempre es mayor a lo que cualquier arte puede captar. El arte es el vehículo que le permite a la realidad deformarse, no ser lo que es, y se expresa de manera compleja hasta en lo más simple. El poema, decía María, debe pararse exactamente en ese punto donde es imposible pararse, alumbrar un pensamiento antes impensable. Para esto se necesita (como mínimo) curiosidad.

No toda pregunta abierta es un acontecimiento artístico, pero me parece que todo acontecimiento artístico pone sobre la mesa preguntas. Por eso creo en lo que dice Eugenia y creo que en lo que dice Balvin: la pregunta es necesaria para aprender, y a mí me encanta aprender. También es un recorrido de autoconocimiento (a veces hermoso y otras brutal). Pero en algún momento tenemos que soltar la flecha y confiar en nuestro criterio, en que algo ya aprendimos, ya sabemos. En que con eso algo se puede hacer. Ponerlo a disposición de lo nuevo también es parte del compromiso.

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