Gradiente

A veces trato de acordarme de que soy algo así como un gradiente. Voy de [acá—————-
———hasta acá]. Tengo claro que siempre hay una mejor versión, pero yo sólo puedo ser una mejor versión de mí. No puedo desmoldarme, cambiar de personalidad, de carácter, de orejas y de altura. No puedo “ponerme las pilas” (sintagma que por cierto detesto) y de repente transformarme en, por decir, Rihanna, Mariana Enriquez o Érica Rivas.

Durante la pandemia me sumé varios trabajos, volví a estudiar y mi vida se convirtió en una partida de tetris cautelosamente curada para compartimentar tareas y llegar a cumplir con todas; pero también para, como le llamo yo, “no bajar”. Me llené de cosas para que no asomara ningún tipo de angustia, no tener tiempo de angustiarme digamos. Y bueno, claro, no funciona así. La angustia no pide un turno.

Cada quien es su propia limitación, y eso es bueno también. Es sano. Los límites tienen mala prensa pero nos ayudan a no dejar la vida en ningún lado, a que no se nos desdibuje el tablero de juego (ni la ficha que somos) con ningún vínculo, ninguna dieta, ningún trabajo. Nos ayudan a medir riesgos, daños, a regular la energía. De hecho, en “Nuestra parte de noche” (novela de -justamente- Mariana Enriquez), un personaje le dice a otro “No haría cualquier cosa por vos”, y a mí eso me parece mucho más hermoso que su épica opuesta. Quién podría vivir con el peso de que alguien hiciera cualquier cosa por uno. Qué presión insoportable, incluso injusta diría.

A veces comento esto y se me tilda de vaga: yo estoy en contra de ‘darlo todo’, así, en general, en total, porque tanto las parejas como los proyectos eventualmente mutan o llegan a su fin (los finales también son positivos, y sobre todo son coherentes, creo que lo he dicho antes en este espacio) y si una dejó ahí la vida, si se desarmó para que funcionara, llegado ese final probablemente se sienta nula, vacía, perdida. Yo necesito una reserva de energía intacta, por mínima que sea, para poder disfrutar de lo que voy haciendo, de lo que va pasando, y para poder con lo que venga. Necesito recreos, pausas, necesito un poco de pavada. Y a veces también necesito ese bajar, por mucho que lo sufra. Permitirme un día de mierda, dos, una semana de mierda. Si no hago consciente mi límite me descuido. Y en el torbellino de darlo todo se me nubla la vista, el criterio, la huella. Esa versión de mí es una pasa de uva que se sienta a escribir cuando lo único que quiere es llenar la bañera y llorar un poco.

Para apostar a (aunque sea la sensación de) que algo por delante hay, necesito ponerme un límite. Cuando la autoexigencia y las presiones me abruman, cuando siento que no estoy comiendo tan saludable como podría o trabajando tanto como debería, trato de acordarme de que soy un gradiente, de que puedo mejorar y dar hasta un punto, pero que en algún momento me voy a chocar contra una valla y que frenar antes de tenerla clavada en el esternón es sano. Se trata de un pivoteo, un ir y venir, un coqueteo con el equilibrio y si lo conquistamos, genial.

El límite, el mío al menos, es pasarla mal de manera sostenida (tratándose de cuestiones sobre las que tengo control y posibilidad de elegir, lógico). El límite me permite dejar un poco la miopía de la tarea, de cualquier ejercicio (el físico, el amor, la cocina, por nombrar algunos) y disfrutar de cosas que parecen inútiles pero que nutren. El ocio, la nada, es muy nutritiva, y además es necesaria.

Este es un mundo hostil. Muchos de los que tenemos las urgencias cubiertas vivimos en permanente disgusto con el lugar que ocupamos, con lo que devuelve el espejo o con los logros que vamos sumando. Casi que estamos configurados para mantenernos en buena medida disconformes. A veces esa disconformidad nos sirve para activar, para movernos, para crecer y alimentar nuestra energía, que el círculo sea virtuoso y no vicioso; pero también, si no la ignoramos o manipulamos, si no nos distraemos aunque sea de a ratos, nos come.

Me hace bien pensar en mi ‘hasta acá’, me cuida, me ayuda a castigarme menos, a ser piadosa conmigo, que soy una, que tengo estos defectos, estas virtudes, esta capacidad de concentración, estos casilleros vacíos para incorporar aprendizajes, pero estos otros llenos de historias y conflictos y tristezas y pavadas que me estresan y me constituyen a la vez.
Claro que puedo ser mejor, pero no puedo ser otra. Prácticamente todo alrededor alumbra la falta y los defectos. La reclusión del último año arrasó con el bienestar de mucha gente y varios comenzamos a derramarnos en redes en busca de algún tipo de estímulo, de aprobación, algo que químicamente nos hiciera sentir mejor, útiles, acompañados.

 

Transformé mi vida en un tetris, malgasté mi capital erótico en historias para nadie y el tiempo de pantalla aumentó semana a semana.

Hubo días en que necesité más de lo que fuera. Hubo días bajos. Pero traté, trato, de no perder de vista la valla, mi ‘hasta acá’. Todo no se puede, me repito. Soy una. Aunque quizá sea de vaga que lo comento.

Texto por Juli Habif.

A veces trato de acordarme de que soy algo así como un gradiente. Voy de [acá—————-
———hasta acá]. Tengo claro que siempre hay una mejor versión, pero yo sólo puedo ser una mejor versión de mí. No puedo desmoldarme, cambiar de personalidad, de carácter, de orejas y de altura. No puedo “ponerme las pilas” (sintagma que por cierto detesto) y de repente transformarme en, por decir, Rihanna, Mariana Enriquez o Érica Rivas.

Durante la pandemia me sumé varios trabajos, volví a estudiar y mi vida se convirtió en una partida de tetris cautelosamente curada para compartimentar tareas y llegar a cumplir con todas; pero también para, como le llamo yo, “no bajar”. Me llené de cosas para que no asomara ningún tipo de angustia, no tener tiempo de angustiarme digamos. Y bueno, claro, no funciona así. La angustia no pide un turno.

Cada quien es su propia limitación, y eso es bueno también. Es sano. Los límites tienen mala prensa pero nos ayudan a no dejar la vida en ningún lado, a que no se nos desdibuje el tablero de juego (ni la ficha que somos) con ningún vínculo, ninguna dieta, ningún trabajo. Nos ayudan a medir riesgos, daños, a regular la energía. De hecho, en “Nuestra parte de noche” (novela de -justamente- Mariana Enriquez), un personaje le dice a otro “No haría cualquier cosa por vos”, y a mí eso me parece mucho más hermoso que su épica opuesta. Quién podría vivir con el peso de que alguien hiciera cualquier cosa por uno. Qué presión insoportable, incluso injusta diría.

A veces comento esto y se me tilda de vaga: yo estoy en contra de ‘darlo todo’, así, en general, en total, porque tanto las parejas como los proyectos eventualmente mutan o llegan a su fin (los finales también son positivos, y sobre todo son coherentes, creo que lo he dicho antes en este espacio) y si una dejó ahí la vida, si se desarmó para que funcionara, llegado ese final probablemente se sienta nula, vacía, perdida. Yo necesito una reserva de energía intacta, por mínima que sea, para poder disfrutar de lo que voy haciendo, de lo que va pasando, y para poder con lo que venga. Necesito recreos, pausas, necesito un poco de pavada. Y a veces también necesito ese bajar, por mucho que lo sufra. Permitirme un día de mierda, dos, una semana de mierda. Si no hago consciente mi límite me descuido. Y en el torbellino de darlo todo se me nubla la vista, el criterio, la huella. Esa versión de mí es una pasa de uva que se sienta a escribir cuando lo único que quiere es llenar la bañera y llorar un poco.

Para apostar a (aunque sea la sensación de) que algo por delante hay, necesito ponerme un límite. Cuando la autoexigencia y las presiones me abruman, cuando siento que no estoy comiendo tan saludable como podría o trabajando tanto como debería, trato de acordarme de que soy un gradiente, de que puedo mejorar y dar hasta un punto, pero que en algún momento me voy a chocar contra una valla y que frenar antes de tenerla clavada en el esternón es sano. Se trata de un pivoteo, un ir y venir, un coqueteo con el equilibrio y si lo conquistamos, genial.

El límite, el mío al menos, es pasarla mal de manera sostenida (tratándose de cuestiones sobre las que tengo control y posibilidad de elegir, lógico). El límite me permite dejar un poco la miopía de la tarea, de cualquier ejercicio (el físico, el amor, la cocina, por nombrar algunos) y disfrutar de cosas que parecen inútiles pero que nutren. El ocio, la nada, es muy nutritiva, y además es necesaria.

Este es un mundo hostil. Muchos de los que tenemos las urgencias cubiertas vivimos en permanente disgusto con el lugar que ocupamos, con lo que devuelve el espejo o con los logros que vamos sumando. Casi que estamos configurados para mantenernos en buena medida disconformes. A veces esa disconformidad nos sirve para activar, para movernos, para crecer y alimentar nuestra energía, que el círculo sea virtuoso y no vicioso; pero también, si no la ignoramos o manipulamos, si no nos distraemos aunque sea de a ratos, nos come.

Me hace bien pensar en mi ‘hasta acá’, me cuida, me ayuda a castigarme menos, a ser piadosa conmigo, que soy una, que tengo estos defectos, estas virtudes, esta capacidad de concentración, estos casilleros vacíos para incorporar aprendizajes, pero estos otros llenos de historias y conflictos y tristezas y pavadas que me estresan y me constituyen a la vez.
Claro que puedo ser mejor, pero no puedo ser otra. Prácticamente todo alrededor alumbra la falta y los defectos. La reclusión del último año arrasó con el bienestar de mucha gente y varios comenzamos a derramarnos en redes en busca de algún tipo de estímulo, de aprobación, algo que químicamente nos hiciera sentir mejor, útiles, acompañados.

Transformé mi vida en un tetris, malgasté mi capital erótico en historias para nadie y el tiempo de pantalla aumentó semana a semana.

Hubo días en que necesité más de lo que fuera. Hubo días bajos. Pero traté, trato, de no perder de vista la valla, mi ‘hasta acá’. Todo no se puede, me repito. Soy una. Aunque quizá sea de vaga que lo comento.

Texto por Juli Habif.

A veces trato de acordarme de que soy algo así como un gradiente. Voy de [acá—————-
———hasta acá]. Tengo claro que siempre hay una mejor versión, pero yo sólo puedo ser una mejor versión de mí. No puedo desmoldarme, cambiar de personalidad, de carácter, de orejas y de altura. No puedo “ponerme las pilas” (sintagma que por cierto detesto) y de repente transformarme en, por decir, Rihanna, Mariana Enriquez o Érica Rivas.

Durante la pandemia me sumé varios trabajos, volví a estudiar y mi vida se convirtió en una partida de tetris cautelosamente curada para compartimentar tareas y llegar a cumplir con todas; pero también para, como le llamo yo, “no bajar”. Me llené de cosas para que no asomara ningún tipo de angustia, no tener tiempo de angustiarme digamos. Y bueno, claro, no funciona así. La angustia no pide un turno.

Cada quien es su propia limitación, y eso es bueno también. Es sano. Los límites tienen mala prensa pero nos ayudan a no dejar la vida en ningún lado, a que no se nos desdibuje el tablero de juego (ni la ficha que somos) con ningún vínculo, ninguna dieta, ningún trabajo. Nos ayudan a medir riesgos, daños, a regular la energía. De hecho, en “Nuestra parte de noche” (novela de -justamente- Mariana Enriquez), un personaje le dice a otro “No haría cualquier cosa por vos”, y a mí eso me parece mucho más hermoso que su épica opuesta. Quién podría vivir con el peso de que alguien hiciera cualquier cosa por uno. Qué presión insoportable, incluso injusta diría.

A veces comento esto y se me tilda de vaga: yo estoy en contra de ‘darlo todo’, así, en general, en total, porque tanto las parejas como los proyectos eventualmente mutan o llegan a su fin (los finales también son positivos, y sobre todo son coherentes, creo que lo he dicho antes en este espacio) y si una dejó ahí la vida, si se desarmó para que funcionara, llegado ese final probablemente se sienta nula, vacía, perdida. Yo necesito una reserva de energía intacta, por mínima que sea, para poder disfrutar de lo que voy haciendo, de lo que va pasando, y para poder con lo que venga. Necesito recreos, pausas, necesito un poco de pavada. Y a veces también necesito ese bajar, por mucho que lo sufra. Permitirme un día de mierda, dos, una semana de mierda. Si no hago consciente mi límite me descuido. Y en el torbellino de darlo todo se me nubla la vista, el criterio, la huella. Esa versión de mí es una pasa de uva que se sienta a escribir cuando lo único que quiere es llenar la bañera y llorar un poco.

Para apostar a (aunque sea la sensación de) que algo por delante hay, necesito ponerme un límite. Cuando la autoexigencia y las presiones me abruman, cuando siento que no estoy comiendo tan saludable como podría o trabajando tanto como debería, trato de acordarme de que soy un gradiente, de que puedo mejorar y dar hasta un punto, pero que en algún momento me voy a chocar contra una valla y que frenar antes de tenerla clavada en el esternón es sano. Se trata de un pivoteo, un ir y venir, un coqueteo con el equilibrio y si lo conquistamos, genial.

El límite, el mío al menos, es pasarla mal de manera sostenida (tratándose de cuestiones sobre las que tengo control y posibilidad de elegir, lógico). El límite me permite dejar un poco la miopía de la tarea, de cualquier ejercicio (el físico, el amor, la cocina, por nombrar algunos) y disfrutar de cosas que parecen inútiles pero que nutren. El ocio, la nada, es muy nutritiva, y además es necesaria.

Este es un mundo hostil. Muchos de los que tenemos las urgencias cubiertas vivimos en permanente disgusto con el lugar que ocupamos, con lo que devuelve el espejo o con los logros que vamos sumando. Casi que estamos configurados para mantenernos en buena medida disconformes. A veces esa disconformidad nos sirve para activar, para movernos, para crecer y alimentar nuestra energía, que el círculo sea virtuoso y no vicioso; pero también, si no la ignoramos o manipulamos, si no nos distraemos aunque sea de a ratos, nos come.

Me hace bien pensar en mi ‘hasta acá’, me cuida, me ayuda a castigarme menos, a ser piadosa conmigo, que soy una, que tengo estos defectos, estas virtudes, esta capacidad de concentración, estos casilleros vacíos para incorporar aprendizajes, pero estos otros llenos de historias y conflictos y tristezas y pavadas que me estresan y me constituyen a la vez.
Claro que puedo ser mejor, pero no puedo ser otra. Prácticamente todo alrededor alumbra la falta y los defectos. La reclusión del último año arrasó con el bienestar de mucha gente y varios comenzamos a derramarnos en redes en busca de algún tipo de estímulo, de aprobación, algo que químicamente nos hiciera sentir mejor, útiles, acompañados.

 

Transformé mi vida en un tetris, malgasté mi capital erótico en historias para nadie y el tiempo de pantalla aumentó semana a semana.

Hubo días en que necesité más de lo que fuera. Hubo días bajos. Pero traté, trato, de no perder de vista la valla, mi ‘hasta acá’. Todo no se puede, me repito. Soy una. Aunque quizá sea de vaga que lo comento.

Texto por Juli Habif.

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