«Pareces una heladera»

“Parecés una heladera” me dijo mi mamá cuando me vio vestida para salir. Yo tenía una remera blanca ‘de varón’ (hoy le diríamos oversize, pero en esa época todo lo que no era al cuerpo era de varón) con la estampa de un disco de Blondie.

Parecés una heladera, me dijo. Yo tenía 16 años y mi personalidad todavía era un trabajo en progreso. Parecés una heladera. Cuando vino Paula, una amiga, a prepararnos juntas, mi mamá le pidió que me alentara a cambiarme, a ponerme un vestidito más ajustado, una pollera y un top, cualquier prenda improbable de ser comparada con un electrodoméstico. En ese momento Paula no hizo nada y me lo contó al par de horas, cuando ya las dos estábamos tomando alcohol barato que habíamos comprado con documentos vencidos de hermanas mayores que circulaban en el grupo. Los años en que mi mamá me miraba y veía, sin importar qué llevara yo puesto, a la chica más linda del mundo habían quedado atrás.

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Ella se crió con arquetipos de mujeres voluptuosas y sensuales, de peinados grandilocuentes y hasta respiros seductores. Cuando era joven, todas o casi todas querían ser Susana Gimenez, Graciela Alfano, Susana Romero. Podían salir a divertirse en busca de nada, pero si lo que querían era llamar la atención de los muchachos debían tener pelo larguísimo, el pecho sobresaliente y una cinturita prácticamente tallada; y todo tenía que lucirse en vestidos cortos y apretados. Existía, por entonces, una sola forma de ser linda. Además, mi mamá se crió bajo el ala de mi abuela: una mujer que probablemente jamás siquiera pudo fantasear con mostrar las piernas, una mujer que se casó a los 16 y que sólo les dio la mano a dos hombres en toda la vida: su padre y su esposo; una mujer que la hacía responder a “¿cuál es tu bandera?” antes de dejarla salir. Desganada, mamá contestaba, siempre en tono monocorde y revoleando los ojos: “la de la decencia”.

—¿Cuál es tu bandera?

La de la decencia.

 

Es así que mamá, intuyo, en algún momento sintió unas ganas irrefrenables de ser indecente y las puso en práctica apenas pudo. Fue indecente también de otras maneras: bailó en el programa de televisión Sótano Beat mientras tocaban distintas bandas de rock, estudió medicina, vivió sola antes de casarse.

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Por mi parte, realmente no recuerdo hoy qué pretendía vistiéndome con ropa enorme. Es posible que simplemente me gustara. Pero también, quizá sentía que no tenía un cuerpo digno de mostrar. Con un poco de perspectiva aunque todavía bastante sumergida, por lo menos ocasionalmente, en esos malestares, pienso que es terrible que una chica de 14, 15, 16 años, incluso menor, se preocupe por cuán ‘mostrable’ es su cuerpo. Es como si la posibilidad de disfrutar de cualquier cosa, o por caso, de que cualquier cosa fuera una pesadilla, dependiera de cuán bien cree una que se ve. 

 

Pero quizá no era esto. Quizá quería ser distinta, la distinta. No lo sé. Quizá quería pasar desapercibida o sólo ir en contra de los deseos de mi mamá, que me quería de muñeca, en los vestidos de mi amiga Paula; mi mamá que hasta hacía no mucho era la que elegía qué me ponía. Las chicas de la tele usaban otras cosas: más flores, más jean, más volados. Más lúdico todo. En definitiva, vestirse también es un juego

 

 

 

 

 

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Ahora veo fotos que se atesoran en álbumes de facebook a los que sólo tenemos acceso Paula, tres o cuatro más y yo, y me siento muy pero muy lejos de esa chica. Uso remeras cortas, cuadradas, más tirando a hornito eléctrico. Y por lo menos una década que no escucho un disco de Blondie.

Hay un libro que dice “somos lo que fingimos ser, así que debemos tener cuidado con lo que fingimos ser”. Yo no tengo una Susana Giménez pero tengo cientos de chicas de mi edad a una lupita-de-instagram de distancia. Chicas que a veces pienso que podría ser y no estoy siendo. A la vez, chicas que a mi mamá le resultarían provocadoras aunque por varios otros motivos que los de su juventud, que los de mi adolescencia. Pero a mí me gusta cómo se ven, y por algo nos gusta lo que nos gusta. Por un montón de variables en realidad.

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Cada quien es hijo de su época. Pienso en los arquetipos de las tres: en imagen y semejanza a quién se arreglaba mi abuela, quién quería ser mi mamá y a quién quiero parecerme yo. Los tiempos cambiaron, pensamos las cosas desde otro lado, las remeras grandes son remeras grandes, no remeras de varón. Hoy hay mil maneras de ser linda, algunas más aceptadas, otras menos. Pero el problema medular persiste: quiero ser, por momentos, otra. Verme como otra, tener el cuerpo de otra, la ropa de otra, la casa de otra. Las redes sociales son infinitos relatos de felicidad. Los mejores recortes de nuestras vidas, vidas tamizadas una y otra vez y filtradas y compartidas a la espera de que decenas o cientos o miles de personas nos den su visto bueno.

Mi personalidad, creo, ya está más o menos solidificada. Pero mi identidad es en algún punto mutante. Voy descubriendo cosas nuevas y las variables van cambiando. Me gusta eso, me permite jugar. Hay malestares. Hay momentos en los que quiero ser cualquiera menos yo y otros en que dependo de la aprobación de desconocidos para reabastecerme de energía. Pero dentro de todo me conozco, me soy fiel y la mayoría del tiempo juego conmigo, no contra mí.

Creo que de eso se trata.

“Parecés una heladera” me dijo mi mamá cuando me vio vestida para salir. Yo tenía una remera blanca ‘de varón’ (hoy le diríamos oversize, pero en esa época todo lo que no era al cuerpo era de varón) con la estampa de un disco de Blondie. Parecés una heladera, me dijo. Yo tenía 16 años y mi personalidad todavía era un trabajo en progreso. Parecés una heladera. Cuando vino Paula, una amiga, a prepararnos juntas, mi mamá le pidió que me alentara a cambiarme, a ponerme un vestidito más ajustado, una pollera y un top, cualquier prenda improbable de ser comparada con un electrodoméstico.

 En ese momento Paula no hizo nada y me lo contó al par de horas, cuando ya las dos estábamos tomando alcohol barato que habíamos comprado con documentos vencidos de hermanas mayores que circulaban en el grupo. Los años en que yo era una princesa habían quedado atrás. Los años en que mi mamá me miraba y veía, sin importar qué llevara yo puesto, a la chica más linda del mundo habían quedado atrás.

Ella se crió con arquetipos de mujeres voluptuosas y sensuales, de peinados grandilocuentes y hasta respiros seductores. Cuando era joven, todas o casi todas querían ser Susana Gimenez, Graciela Alfano, Susana Romero. Podían salir a divertirse en busca de nada, pero si lo que querían era llamar la atención de los muchachos debían tener pelo larguísimo, el pecho sobresaliente y una cinturita prácticamente tallada; y todo tenía que lucirse en vestidos cortos y apretados. Existía, por entonces, una sola forma de ser linda. 

Además, mi mamá se crió bajo el ala de mi abuela: una mujer que probablemente jamás siquiera pudo fantasear con mostrar las piernas, una mujer que se casó a los 16 y que sólo les dio la mano a dos hombres en toda la vida: su padre y su esposo; una mujer que la hacía responder a “¿cuál es tu bandera?” antes de dejarla salir. Desganada, mamá contestaba, siempre en tono monocorde y revoleando los ojos: “la de la decencia”.

 

—¿Cuál es tu bandera?

—La de la decencia.

Es así que mamá, intuyo, en algún momento sintió unas ganas irrefrenables de ser indecente y las puso en práctica apenas pudo. Fue indecente también de otras maneras: bailó en el programa de televisión Sótano Beat mientras tocaban distintas bandas de rock, estudió medicina, vivió sola antes de casarse.

Por mi parte, realmente no recuerdo hoy qué pretendía vistiéndome con ropa enorme. Es posible que simplemente me gustara. Pero también, quizá sentía que no tenía un cuerpo digno de mostrar. Con un poco de perspectiva aunque todavía bastante sumergida, por lo menos ocasionalmente, en esos malestares, pienso que es terrible que una chica de 14, 15, 16 años, incluso menor, se preocupe por cuán ‘mostrable’ es su cuerpo. Es como si la posibilidad de disfrutar de cualquier cosa, o por caso, de que cualquier cosa fuera una pesadilla, dependiera de cuán bien cree una que se ve. 

Pero quizá no era esto. Quizá quería ser distinta, la distinta. No lo sé. Quizá quería pasar desapercibida o sólo ir en contra de los deseos de mi mamá, que me quería de muñeca, en los vestidos de mi amiga Paula; mi mamá que hasta hacía no mucho era la que elegía qué me ponía. Las chicas de la tele usaban otras cosas: más flores, más jean, más volados. Más lúdico todo. En definitiva, vestirse también es un juego.

En definitiva, vestirse también es un juego. Ahora veo fotos que se atesoran en álbumes de facebook a los que sólo tenemos acceso Paula, tres o cuatro más y yo, y me siento muy pero muy lejos de esa chica. Uso remeras cortas, cuadradas, más tirando a hornito eléctrico. Y por lo menos una década que no escucho un disco de Blondie.

Hay un libro que dice “somos lo que fingimos ser, así que debemos tener cuidado con lo que fingimos ser. Yo no tengo una Susana Giménez pero tengo cientos de chicas de mi edad a una lupita-de-instagram de distancia. Chicas que a veces pienso que podría ser y no estoy siendo. A la vez, chicas que a mi mamá le resultarían provocadoras aunque por varios otros motivos que los de su juventud, que los de mi adolescencia. Pero a mí me gusta cómo se ven, y por algo nos gusta lo que nos gusta. Por un montón de variables en realidad.

Cada quien es hijo de su época. Pienso en los arquetipos de las tres: en imagen y semejanza a quién se arreglaba mi abuela, quién quería ser mi mamá y a quién quiero parecerme yo. Los tiempos cambiaron, pensamos las cosas desde otro lado, las remeras grandes son remeras grandes, no remeras de varón. Hoy hay mil maneras de ser linda, algunas más aceptadas, otras menos. Pero el problema medular persiste: quiero ser, por momentos, otra. Verme como otra, tener el cuerpo de otra, la ropa de otra, la casa de otra. Las redes sociales son infinitos relatos de felicidad. Los mejores recortes de nuestras vidas, vidas tamizadas una y otra vez y filtradas y compartidas a la espera de que decenas o cientos o miles de personas nos den su visto bueno.

Mi personalidad, creo, ya está más o menos solidificada. Pero mi identidad es en algún punto mutante. Voy descubriendo cosas nuevas y las variables van cambiando. Me gusta eso, me permite jugar. Hay malestares. Hay momentos en los que quiero ser cualquiera menos yo y otros en que dependo de la aprobación de desconocidos para reabastecerme de energía. Pero dentro de todo me conozco, me soy fiel y la mayoría del tiempo juego conmigo, no contra mí.

Creo que de eso se trata.

20 comentarios de “«Pareces una heladera»

  1. Sheila dice:

    Hermoso relato, una vivencia encarnada a flor de piel, que describe a la perfección estos 《tiempos modernos》desligados del pasado, pero fijados para ser desenterrados con mucho aprendizaje. Gracias por motivarnos al cambio, ese mismo, que profundiza sólo en nuestro ser. ❤💛❤💛

    • Candela dice:

      Me siento completamente identificada… qué poder ejercen las estructuras sociales y los paradigmas bajo los cuales se supone tenemos que vivir, hablar y vestir… Hoy es diferente, más relajado y sin tanta presión de género

  2. Lorena dice:

    Excelente!! Cuántas emociones transmiten tus palabras! Emociones que muchas sentimos en el transcurso de nuestras vidas. Fue muy lindo leerte! Muchas gracias

    • Barbara dice:

      Hola. Te cuento que crecí en los 80 y no era tan distinto a lo que contás y hoy soy profe de adolescentes y sigue parecido pero bastante mejor. Es un camino largo el que nos toca a las mujeres para encontrarnos, descubrirnos y aceptarnos. Son siglos de no poder ser 100% nosotras y lleva mucho tiempo y trabajo desandar esos surcos tan marcados; pero estamos yendo en la dirección correcta, creando muchos y variados nuevos caminos y eso no es poco.

    • Cecilia dice:

      Coincido con.Barbara, nos queda un largo camino pero ya lo iniciamos. Tengo 53 años y mi vieja nunca me dijo nada de la ropa, creo q sabía q no le iba a dar bola. Mi hija de 17 me pide q la acompañe cdo se tiene q comprar algo porq confía en q le voy a decir la verdad respetando su gusto. Gcias Juli por compartirlo!!❤

  3. Etel dice:

    Juli querida! Que profundidad de pensamiento. Que descripción maravillosa del ser, tratar de ser y/o hacia donde voy. De lectura para todas las edades. Te felicito.

    • Micaela dice:

      Qué lindo escribís Julieta, y qué hondo y sensible.
      Tengo tu edad, quise ser grunge, y recibí de mi mamá un «Pareces una bolsa de ropa».
      Agradezco que mi hija esté creciendo en una sociedad que lucha por otras cosas.

  4. Tati dice:

    Me sentí súper identificada con el relato. Nuestras madres (creo son intención) han depositado varios traumas en cuanto a nuestra apariencia. Veo q no soy la única. Gracias por compartirlo

  5. Maru dice:

    Que bien transmitida la experiencia! Tengo 33 años, y también “sufrí” de alguna manera esos comentarios, que seguramente venían sin maldad pero tanto daño me hicieron. Recién hoy, me estoy amigando conmigo y con mi cuerpo, y trato de no esconderlo como antes, aunque a veces algún resabio queda. Pero me empece a aceptar y a quererme mucho. Es el primer paso para cualquier cosa que venga después

  6. Samanta dice:

    Está última navidad me puse un vestido corto y amplio de Guzmán…. divino…el comentario de mí madre fue Y ESA CARPA??? 😔😔😔😔

  7. GL dice:

    Cuanta identificación sentí, y siendo más grande en edad puedo dar fe que los comentarios maternos y sociales eran aún más crueles . Cuánto debemos modificar en las generaciones venideras , espero que con nuestras experiencias estemos a la altura

  8. Guillermina dice:

    Así es, se aprende al “ caminar” . Lo bueno es cuestionar, y cuestionarse. Y por supuesto nada más reparador que aceptarse

  9. Barbi dice:

    Wow, hoy tengo 30 años, y a mis 12 (viaje de egresados de 7mo grado de la primaria) tenía rechazo a vestirme “de manera femenina” según mi mamá. Usaba bermudas tipo cargo y remeras holgadas porque no me marcaban el cuerpo en pleno desarrollo. Hoy en día AMO que se note mi figura.. Me siento tan lejos de esa niña con rechazo a convertirse en una mujer, y me siento mas mujer fuerte que nunca!! ❤️

  10. María Alejandra Martínez dice:

    Alejandra
    soy de la edad de tu mama o mas…. jajaja igual me encanta la ropa de Gusman y no las siento una carpa…
    Te felicito por lo hermoso que describiste tus sentimientos y en pocas palabras como los fuiste cambiando. En mi epoca el icono era una modelo llamada Twiti no me acuerdo bien pero algo asi, debia pesar 40 y medir 1,70, palo palo… y antes saliamos de fabrica en dos o tres modelos: alta con piernas largas y flacas, cola chata y muyyyy tetonas. El segundo grupo era la de poca espalda y lolas, cintura marcada pero con mucha cola y piernas anchas y gordas o gorditas. El ultimo grupo era de heladeras que se caracterizaba por ser mas armonicas pero no tenian cintura.
    Sigo y seguire preguntandome siempre como han cambiado los cuerpos desde el nacimiento en la epoca actual por que sera????? y eso nuestros padres lo remarcaban mucho…. recuerdo cuando mi mama me acompañaba a comprarme botas…. epoca de hot pans y mirandonos en el espejo de zapateria (tipico de rodillas para abajo) veia como no me subian los cierres en la pantorrilla. Mi mama se probaba entonces y a ella le calzaban perfectas…. luego ella se las compraba con sus hot pans y a mi me compraba mocasines guido con una pollera larga que tapaba mis piernas. De ahi jamas use polleras, salvo que sean largas hasta los tobillos. Soy psicologa y sigo siendolo y no me arrepiento de hacerlo pero se que es una cosa que realmente no pude mandar bien al c…… Gracias a vos y a todo Gusman por este espacio. <3

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