“La buena soledad” por Juli Habif

Hay un cuento sobre un hombre que paseaba por San Francisco contemplando casas grandes y costosas y hermosísimas cuando se encantó particularmente con una. El dueño, que estaba en la ventana, lo invitó a pasar. El invitado le dijo que era una casa impresionante, y que de vivir ahí se la pasaría sonriendo, cosa que no veía que hiciera el dueño, que sólo suspiraba. Este le respondió que él bien podría vivir ahí, o en una igual, o en una incluso más hermosa. Después de un rato de conversación, cuando surgió la posibilidad de comprar esa casa, el invitado dijo que no tenía plata, que sólo llevaba encima un billete chico. Entonces el dueño contestó que lo que podía venderle era una botella mágica. En esa botella, le comentó, “está todo lo que se quiera: esta casa y más”. En su interior vivía una especie de genio que se ponía al servicio de cada dueño que tuviera: si quería dinero se lo daba, si quería amor se lo daba, lujos, etcétera. Pero esta botella mágica tenía algunos problemas, entre ellos que su dueño, fuera quien fuera, jamás volvería a estar satisfecho.

Se me viene este cuento a la cabeza hoy -al momento de escribir, todavía en vísperas de San Valentín- porque es una fecha que para algunos casi lo único que hace es acentuar la falta. A veces la soltería es leída como una situación de espera, un entretanto, un hasta que. Nunca escuché a nadie decir “¿Cómo hacés para estar siempre soltero/a?”, pero sí escuché a mucha gente asombrarse por la condición de noviazgo más o menos permanente de otro. Lo mismo sucede con la futurología de los recreos: cuando las nenas juegan a imaginarse de adultas, creo que ninguna dice “yo me veo sola con mi perro” o “yo me veo viviendo con una amiga en una casa grandísima para nosotras dos”. La gran mayoría se dibuja mentalmente al lado de un muchacho, con hijos, y quizás recién ahí, habiendo saldado eso, puedan entrar los perros.

Esto es así en gran parte porque ser soltero no creo que esté mal visto pero sí es una condición que parece pesar, algo de lo que se habla con cautela porque, en el fondo, imaginamos, nadie quiere estar solo. Entonces la persona que no está de novia, que no tiene algo, parece que explotara el presente pero no tuviera futuro. Resulta bastante tramposo eso, primero porque es una representación de la soltería medio hollywoodense pero, además, porque estar soltero no es sinónimo de estar solo del mismo modo que estar en pareja no necesariamente implica sentirse acompañado.

Hace poco leí, en una cuenta de instagram que entre su contenido sube plaquitas con textuales tipo micro entrevistas, que una chica decía que así como hay buena y mala compañía, hay buena y mala soledad. Me encantó esa idea: la de la buena soledad. Me hizo acordar a un fragmento de Clarice Lispector sobre el insomnio, algo que casi todo el mundo diría que es terrible, pero ella dice: “Son las cuatro de la madrugada y es una hora tan bella que cualquiera que esté despierto está de algún modo rezando”.

La buena soledad, pienso, es encontrar la manera de elegirse en un mundo que insiste en que no nos reconozcamos en nadie ni nada. No hay lugar para personas así y por eso nos la pasamos buscando ser otros. Los que viven en soledad, pareciera, desafiaron el sistema. Creo que hablo por las mujeres, no tanto por una toma de postura sino porque es lo que conozco: para parte de nosotras es difícil encontrar representación en los relatos que vemos y escuchamos, chicas en la tele que parieron hace 20 días y ya están fresquísimas en trajecitos de cuero, o artistas que en dos años han tenido (la lectura de baja autoestima es: han podido tener) tres novios, novias; pero también entrevistas en las que se pregunta cómo está atravesando este momento alguien (una mujer, por lo general, del hombre se presume que está exprimiendo su libertad por ahí), y ‘este momento’ es la soltería. Porque por defecto, para el sentido común, es un mal momento; pero también porque, de nuevo, no es una pregunta que se le haga a alguien en pareja: se sobreentiende que si estás en pareja el momento que atravesás es grato. Puede serlo, claro, pero no son necesariamente correlativas ni fijas, pasa que no hay muchas historias en medios o redes de momentos ingratos en pareja. Y está bien, hay que defender la intimidad, pero quizás también esté bien, en esos momentos, no mostrar nada. No fabricar alegría.

El cuento de la casa lujosa y la botella es un cuento engordado de moraleja y bastante obvio. No es que uno no deba perseguir el sueño de una casa “así”, sino que existe la posibilidad de que la casa sea en realidad un inconformismo de otro orden, más deforme. Parecido al yo quiero eso que piensa alguien que está cursando una mala soledad cuando ve a una pareja. La casa, el noviazgo: la solución total.

El cuento de la casa lujosa viene a dar a entender que después de la casa se querrá otra cosa y otra, y tener todo eventualmente da lo mismo. Tres casas son lo mismo que cuatro, que son lo mismo que cinco autos, que son lo mismo que las diez parejas más bellas del mundo. Todo termina en cantidades porque así medimos la felicidad, inventariándola: un marido, dos hijos, un departamento con balcón, etcétera.

Hace algunos años la artista Rosario Bléfari escribió un texto hermoso que en una parte dice: “el amor es colocar el deseo en lugares que te permitan moverte”. Creo que ese es el núcleo de todo esto, el deseo en movimiento, las ganas de seguir teniendo charlas, haciendo cosas, conociendo, sea soltero o juntado.

Es improbable que alguien recibiera la botella mágica y dijera: “lo que quiero es una buena soledad”. Y sin embargo, en pareja o no, quizá sea lo más necesario. Un rato de quererse, de mirarse en el reflejo de la computadora mientras se escribe y pensar que está bien, que son las siete de la mañana y el mundo todavía está en silencio y eso me gusta más de lo que me asusta, que estoy sola y está todo bien.

Texto por Juli Habif.

Hay un cuento sobre un hombre que paseaba por San Francisco contemplando casas grandes y costosas y hermosísimas cuando se encantó particularmente con una. El dueño, que estaba en la ventana, lo invitó a pasar. El invitado le dijo que era una casa impresionante, y que de vivir ahí se la pasaría sonriendo, cosa que no veía que hiciera el dueño, que sólo suspiraba. Este le respondió que él bien podría vivir ahí, o en una igual, o en una incluso más hermosa. Después de un rato de conversación, cuando surgió la posibilidad de comprar esa casa, el invitado dijo que no tenía plata, que sólo llevaba encima un billete chico. Entonces el dueño contestó que lo que podía venderle era una botella mágica. En esa botella, le comentó, “está todo lo que se quiera: esta casa y más”. En su interior vivía una especie de genio que se ponía al servicio de cada dueño que tuviera: si quería dinero se lo daba, si quería amor se lo daba, lujos, etcétera. Pero esta botella mágica tenía algunos problemas, entre ellos que su dueño, fuera quien fuera, jamás volvería a estar satisfecho.

Se me viene este cuento a la cabeza hoy -al momento de escribir, todavía en vísperas de San Valentín- porque es una fecha que para algunos casi lo único que hace es acentuar la falta. A veces la soltería es leída como una situación de espera, un entretanto, un hasta que. Nunca escuché a nadie decir “¿Cómo hacés para estar siempre soltero/a?”, pero sí escuché a mucha gente asombrarse por la condición de noviazgo más o menos permanente de otro. Lo mismo sucede con la futurología de los recreos: cuando las nenas juegan a imaginarse de adultas, creo que ninguna dice “yo me veo sola con mi perro” o “yo me veo viviendo con una amiga en una casa grandísima para nosotras dos”. La gran mayoría se dibuja mentalmente al lado de un muchacho, con hijos, y quizás recién ahí, habiendo saldado eso, puedan entrar los perros.

Esto es así en gran parte porque ser soltero no creo que esté mal visto pero sí es una condición que parece pesar, algo de lo que se habla con cautela porque, en el fondo, imaginamos, nadie quiere estar solo. Entonces la persona que no está de novia, que no tiene algo, parece que explotara el presente pero no tuviera futuro. Resulta bastante tramposo eso, primero porque es una representación de la soltería medio hollywoodense pero, además, porque estar soltero no es sinónimo de estar solo del mismo modo que estar en pareja no necesariamente implica sentirse acompañado.

Hace poco leí, en una cuenta de instagram que entre su contenido sube plaquitas con textuales tipo micro entrevistas, que una chica decía que así como hay buena y mala compañía, hay buena y mala soledad. Me encantó esa idea: la de la buena soledad. Me hizo acordar a un fragmento de Clarice Lispector sobre el insomnio, algo que casi todo el mundo diría que es terrible, pero ella dice: “Son las cuatro de la madrugada y es una hora tan bella que cualquiera que esté despierto está de algún modo rezando”.

La buena soledad, pienso, es encontrar la manera de elegirse en un mundo que insiste en que no nos reconozcamos en nadie ni nada. No hay lugar para personas así y por eso nos la pasamos buscando ser otros. Los que viven en soledad, pareciera, desafiaron el sistema. Creo que hablo por las mujeres, no tanto por una toma de postura sino porque es lo que conozco: para parte de nosotras es difícil encontrar representación en los relatos que vemos y escuchamos, chicas en la tele que parieron hace 20 días y ya están fresquísimas en trajecitos de cuero, o artistas que en dos años han tenido (la lectura de baja autoestima es: han podido tener) tres novios, novias; pero también entrevistas en las que se pregunta cómo está atravesando este momento alguien (una mujer, por lo general, del hombre se presume que está exprimiendo su libertad por ahí), y ‘este momento’ es la soltería. Porque por defecto, para el sentido común, es un mal momento; pero también porque, de nuevo, no es una pregunta que se le haga a alguien en pareja: se sobreentiende que si estás en pareja el momento que atravesás es grato. Puede serlo, claro, pero no son necesariamente correlativas ni fijas, pasa que no hay muchas historias en medios o redes de momentos ingratos en pareja. Y está bien, hay que defender la intimidad, pero quizás también esté bien, en esos momentos, no mostrar nada. No fabricar alegría.

El cuento de la casa lujosa y la botella es un cuento engordado de moraleja y bastante obvio. No es que uno no deba perseguir el sueño de una casa “así”, sino que existe la posibilidad de que la casa sea en realidad un inconformismo de otro orden, más deforme. Parecido al yo quiero eso que piensa alguien que está cursando una mala soledad cuando ve a una pareja. La casa, el noviazgo: la solución total.

El cuento de la casa lujosa viene a dar a entender que después de la casa se querrá otra cosa y otra, y tener todo eventualmente da lo mismo. Tres casas son lo mismo que cuatro, que son lo mismo que cinco autos, que son lo mismo que las diez parejas más bellas del mundo. Todo termina en cantidades porque así medimos la felicidad, inventariándola: un marido, dos hijos, un departamento con balcón, etcétera.

Hace algunos años la artista Rosario Bléfari escribió un texto hermoso que en una parte dice: “el amor es colocar el deseo en lugares que te permitan moverte”. Creo que ese es el núcleo de todo esto, el deseo en movimiento, las ganas de seguir teniendo charlas, haciendo cosas, conociendo, sea soltero o juntado.
Es improbable que alguien recibiera la botella mágica y dijera: “lo que quiero es una buena soledad”. Y sin embargo, en pareja o no, quizá sea lo más necesario. Un rato de quererse, de mirarse en el reflejo de la computadora mientras se escribe y pensar que está bien, que son las siete de la mañana y el mundo todavía está en silencio y eso me gusta más de lo que me asusta, que estoy sola y está todo bien.

Texto por Juli Habif.

Hay un cuento sobre un hombre que paseaba por San Francisco contemplando casas grandes y costosas y hermosísimas cuando se encantó particularmente con una. El dueño, que estaba en la ventana, lo invitó a pasar. El invitado le dijo que era una casa impresionante, y que de vivir ahí se la pasaría sonriendo, cosa que no veía que hiciera el dueño, que sólo suspiraba. Este le respondió que él bien podría vivir ahí, o en una igual, o en una incluso más hermosa. Después de un rato de conversación, cuando surgió la posibilidad de comprar esa casa, el invitado dijo que no tenía plata, que sólo llevaba encima un billete chico. Entonces el dueño contestó que lo que podía venderle era una botella mágica. En esa botella, le comentó, “está todo lo que se quiera: esta casa y más”. En su interior vivía una especie de genio que se ponía al servicio de cada dueño que tuviera: si quería dinero se lo daba, si quería amor se lo daba, lujos, etcétera. Pero esta botella mágica tenía algunos problemas, entre ellos que su dueño, fuera quien fuera, jamás volvería a estar satisfecho.

Se me viene este cuento a la cabeza hoy -al momento de escribir, todavía en vísperas de San Valentín- porque es una fecha que para algunos casi lo único que hace es acentuar la falta. A veces la soltería es leída como una situación de espera, un entretanto, un hasta que. Nunca escuché a nadie decir “¿Cómo hacés para estar siempre soltero/a?”, pero sí escuché a mucha gente asombrarse por la condición de noviazgo más o menos permanente de otro. Lo mismo sucede con la futurología de los recreos: cuando las nenas juegan a imaginarse de adultas, creo que ninguna dice “yo me veo sola con mi perro” o “yo me veo viviendo con una amiga en una casa grandísima para nosotras dos”. La gran mayoría se dibuja mentalmente al lado de un muchacho, con hijos, y quizás recién ahí, habiendo saldado eso, puedan entrar los perros.

Esto es así en gran parte porque ser soltero no creo que esté mal visto pero sí es una condición que parece pesar, algo de lo que se habla con cautela porque, en el fondo, imaginamos, nadie quiere estar solo. Entonces la persona que no está de novia, que no tiene algo, parece que explotara el presente pero no tuviera futuro. Resulta bastante tramposo eso, primero porque es una representación de la soltería medio hollywoodense pero, además, porque estar soltero no es sinónimo de estar solo del mismo modo que estar en pareja no necesariamente implica sentirse acompañado.

Hace poco leí, en una cuenta de instagram que entre su contenido sube plaquitas con textuales tipo micro entrevistas, que una chica decía que así como hay buena y mala compañía, hay buena y mala soledad. Me encantó esa idea: la de la buena soledad. Me hizo acordar a un fragmento de Clarice Lispector sobre el insomnio, algo que casi todo el mundo diría que es terrible, pero ella dice: “Son las cuatro de la madrugada y es una hora tan bella que cualquiera que esté despierto está de algún modo rezando”.

La buena soledad, pienso, es encontrar la manera de elegirse en un mundo que insiste en que no nos reconozcamos en nadie ni nada. No hay lugar para personas así y por eso nos la pasamos buscando ser otros. Los que viven en soledad, pareciera, desafiaron el sistema. Creo que hablo por las mujeres, no tanto por una toma de postura sino porque es lo que conozco: para parte de nosotras es difícil encontrar representación en los relatos que vemos y escuchamos, chicas en la tele que parieron hace 20 días y ya están fresquísimas en trajecitos de cuero, o artistas que en dos años han tenido (la lectura de baja autoestima es: han podido tener) tres novios, novias; pero también entrevistas en las que se pregunta cómo está atravesando este momento alguien (una mujer, por lo general, del hombre se presume que está exprimiendo su libertad por ahí), y ‘este momento’ es la soltería. Porque por defecto, para el sentido común, es un mal momento; pero también porque, de nuevo, no es una pregunta que se le haga a alguien en pareja: se sobreentiende que si estás en pareja el momento que atravesás es grato. Puede serlo, claro, pero no son necesariamente correlativas ni fijas, pasa que no hay muchas historias en medios o redes de momentos ingratos en pareja. Y está bien, hay que defender la intimidad, pero quizás también esté bien, en esos momentos, no mostrar nada. No fabricar alegría.

El cuento de la casa lujosa y la botella es un cuento engordado de moraleja y bastante obvio. No es que uno no deba perseguir el sueño de una casa “así”, sino que existe la posibilidad de que la casa sea en realidad un inconformismo de otro orden, más deforme. Parecido al yo quiero eso que piensa alguien que está cursando una mala soledad cuando ve a una pareja. La casa, el noviazgo: la solución total.

El cuento de la casa lujosa viene a dar a entender que después de la casa se querrá otra cosa y otra, y tener todo eventualmente da lo mismo. Tres casas son lo mismo que cuatro, que son lo mismo que cinco autos, que son lo mismo que las diez parejas más bellas del mundo. Todo termina en cantidades porque así medimos la felicidad, inventariándola: un marido, dos hijos, un departamento con balcón, etcétera.

Hace algunos años la artista Rosario Bléfari escribió un texto hermoso que en una parte dice: “el amor es colocar el deseo en lugares que te permitan moverte”. Creo que ese es el núcleo de todo esto, el deseo en movimiento, las ganas de seguir teniendo charlas, haciendo cosas, conociendo, sea soltero o juntado.

Es improbable que alguien recibiera la botella mágica y dijera: “lo que quiero es una buena soledad”. Y sin embargo, en pareja o no, quizá sea lo más necesario. Un rato de quererse, de mirarse en el reflejo de la computadora mientras se escribe y pensar que está bien, que son las siete de la mañana y el mundo todavía está en silencio y eso me gusta más de lo que me asusta, que estoy sola y está todo bien.

 

Texto por Juli Habif.

6 comentarios de ““La buena soledad” por Juli Habif

  1. Carolina dice:

    Me encantó como definicion “la buena soledad”….ojalá lo pudieran ver mis amigas o tanta gente que cree que estar solo es malo o triste o…incompleto

    • Claudia Galano dice:

      Tengo 57 años soy soltera, disfruto de mi soledad aunque me gusta tener amigas y familia para compartir.
      Cuando empecé a viajar sola por Argentina me miraban como si me faltará algo, con lastima. Eso me hacía sentir mal y tener que justificar.
      Muchas gracias, muy lindo!

  2. raquel molinari dice:

    Desde que me divorcié a los 65 años aprendí a amarme a mi misma , me mimó como nadie ! Y a veces me siento borracha de libertad !

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