La perfecta otra cosa

Hace tres años alguien me dijo estoy leyendo este libro, ¿lo conocés?, y me mostró Camanchaca, de Diego Zúñiga. No lo conocía. Me contó más o menos de qué se trataba y destacó una particularidad: cada escena estaba autocontenida en una sola página. Cada página era un capítulo. En ese momento le dije que tenía mis reparos con las historias dispuestas tan fáciles, que veía que se hacían muchos libros así, fáciles. No sé qué pensé que era lo fácil de hilar 109 escenas brevísimas, cada una en una página, a veces incluso menos, que conformaran una gran historia y que encima esa historia resultara atractiva.

– Creo que quise decir que un libro así me parecía un libro pensado para gente que no lee, y desde una superioridad ilusoria y berreta traté de establecer una diferencia. Seguramente también buscaba marcar que me gusta que un libro me exija o me desafíe, que no es del todo cierto. A veces también me gusta que un libro no me pida nada y no me deje nada, que me dé sólo el rato de abstracción, hasta de pereza. –

 

 

La distinción entre gente-que-lee y
gente-que-no-lee me parece inútil desde todo punto de vista, y como sucede con cualquier polarización, para algunos seremos la persona más leída que conocen, y otros van a creer que nos faltan cientos de lecturas fundamentales para poder llamarnos gente-que-lee. En lo personal, no creo que nadie sea inteligente, buena persona o bien pensante porque lee.
Pero nada de esto viene a cuento. Sí el libro de Zúñiga, que tiempo después me compré, leí y recomendé.

En la página 87, el protagonista (un chico de, creo, 11 años) le pregunta a su padre cómo puede encontrar a la prima. El papá le dice no sé, para qué la quieres, y el protagonista responde para conversar con ella. Tu prima ya no vive acá, se fue hace tiempo con su familia, le dice el padre, y el protagonista sale del diálogo, vuelve a la voz del narrador y cuenta: “suena grande, numerosa, la palabra familia”..

Esa idea me hizo acordar a una escena con mi mamá. Era domingo al mediodía y yo tenía 9 o 10 años. Los sábados a la mañana ella me dejaba en lo de mi papá, de quien se había divorciado cuando yo estaba en preescolar, y me pasaba a buscar al día siguiente antes de almorzar. Ese domingo entonces, antes de que mi mamá me buscara y tocara bocina al ritmo de tapa-tapita para que yo saliera, mi papá estaba haciendo un asado.

 

Eran tiempos en que mis hermanos (más grandes, de un matrimonio anterior, y que no vivían con él) iban mucho a su casa, a veces incluso se quedaban a dormir, y ese domingo se juntaban. Con mi mamá (de quien yo era la única hija) casi siempre comíamos en lo de algún matrimonio amigo de ella, que a veces tenían hijos, que a veces eran amigos míos. Ese domingo entonces, mi papá me dijo ¿no te querés quedar? Pasamos un domingo en familia. Quería, sí, y cuando llegó mi mamá le pedí quedarme. Ella me dijo pero vamos a lo de tal (no recuerdo a dónde), ya quedamos,y yo le respondí que quería almorzar en familia. Mi mamá se puso a llorar y me dijo “¿yo no soy tu familia?”, y ahí me puse a llorar yo, y finalmente fuimos a lo de tal, y lo más probable es que la haya pasado bien y comido rico. No recuerdo.

“Suena grande, numerosa, la palabra familia”.

Luis Chaves tiene un poema que dice la familia, un organismo con desventaja en la selección natural. Fabián Casas tiene uno que dice parece una ley: todo lo que se pudre forma una familia. Sui Generis tiene un tema en que una mujer mata a su suegra, el esposo la esconde en el ropero, hay perros y gatos y chicos jugando, y cuando los van a llevar presos no entienden qué pasa y repiten que son una familia muy normal.

La familia es un balero, te podés tirar hasta cierto punto y después la tensión, alguna tensión, te devuelve al centro o a sus bordes. Es un pegatazo, te abrís, te abrís, te abrís, y eventualmente volvés. Así hasta que se rompe. Es una institución, lo dice en todos lados.
Es un salvavidas y una canoa agujereada a la vez. La familia es la primera forma en que aprendemos a construir al otro. Y las fiestas, por ejemplo, son la época del año en que uno más se permite hablar de su familia como si no fuera parte o, por el contrario, se percibe más emparentado que nunca. Muchas veces la gente tiene familia para, entre −imagino− varios otros motivos, poder disociarse de la familia primera, poder cortar la soga, despegarse, despegar.

La familia, buena o mala, es lo que es, y lo mismo nosotros.

Una de las columnas que Leila Guerriero incluyó en su libro Teoría de la gravedad habla sobre escribir algo monstruoso, indomable, algo sencillamente cruel. Habla de la sensación de manejar sin freno que tiene eso y de cuando merma y todo vuelve a la normalidad, a algo como la palidez de la normalidad. Ella no lo dice así, ella lo llama, en ese contexto,                   “la perfecta otra cosa”.

—————————————————————————–

 

 

A veces las familias de los demás son eso, la perfecta otra cosa, el pasto más verde, la infancia más feliz, las abuelas más cocineras, los padres más
querendones, las mesas más numerosas. Y la nuestra es, bueno, pálida. Vemos a amigos y parejas interactuar con sus padres y sus hermanos y pensamos, claro, “esto” es una familia.
Y queremos esto, queremos abrazarnos porque sí, de manera espontánea, tener muletillas y chistes internos con los primos, queremos grupos de whatsapp de chicaneo amistoso, queremos absolutamente toda la violencia de los finales felices.

No es cierto que los padres, como regla general, hacen lo que pueden y todo lo que está a su alcance. A veces hacen menos. No digo que esté bien o mal, habrá casos y casos, sólo que a veces hacen menos. No es cierto tampoco que los hijos son siempre víctimas de sus padres. A veces la gente tiene hijos malos, que para el resto son sólo personas malas pero, lógico, son hijos de alguien; y otras veces hay un equilibrio perfecto y frágil en que, de manera consciente o no, como la cosa funciona ignoramos que al final en realidad todos estamos solos y por muchos mandatos tradiciones charlas y abrazos que nos demos, uno es uno y el resto es entorno.

Me estoy poniendo oscura, no es la intención. Lo que pienso es que la perfecta otra cosa es percibida como perfecta justamente porque es otra, y no descubrí nada, lo sé, pero creo que descomponer esa otredad ayuda a no buscar estar mejor que, estar bien o mal por contraste, sino simplemente estar bien. No hace falta ser la persona más leída de la familia más numerosa con el grupo de whatsapp más activo del país. No hace falta. Es una carrera agotadora sin línea de llegada.

Una vez una amiga me dio un consejo que atesoro y que traigo al frente cada vez que me encuentro espiralada:

mucho menos, mucho menos de todo.

Hace tres años alguien me dijo estoy leyendo este libro, ¿lo conocés?, y me mostró Camanchaca, de Diego Zúñiga. No lo conocía. Me contó más o menos de qué se trataba y destacó una particularidad: cada escena estaba autocontenida en una sola página. Cada página era un capítulo. En ese momento le dije que tenía mis reparos con las historias dispuestas tan fáciles, que veía que se hacían muchos libros así, fáciles. No sé qué pensé que era lo fácil de hilar 109 escenas brevísimas, cada una en una página, a veces incluso menos, que conformaran una gran historia y que encima esa historia resultara atractiva.

Creo que quise decir que un libro así me parecía un libro pensado para gente que no lee, y desde una superioridad ilusoria y berreta traté de establecer una diferencia. Seguramente también buscaba marcar que me gusta que un libro me exija o me desafíe, que no es del todo cierto. A veces también me gusta que un libro no me pida nada y no me deje nada, que me dé sólo el rato de abstracción, hasta de pereza.

La distinción entre gente-que-lee y
gente-que-no-lee me parece inútil desde todo punto de vista, y como sucede con cualquier polarización, para algunos seremos la persona más leída que conocen, y otros van a creer que nos faltan cientos de lecturas fundamentales para poder llamarnos gente-que-lee. En lo personal, no creo que nadie sea inteligente, buena persona o bien pensante porque lee.

Pero nada de esto viene a cuento. Sí el libro de Zúñiga, que tiempo después me compré, leí y recomendé.

En la página 87, el protagonista (un chico de, creo, 11 años) le pregunta a su padre cómo puede encontrar a la prima. El papá le dice no sé, para qué la quieres, y el protagonista responde para conversar con ella. Tu prima ya no vive acá, se fue hace tiempo con su familia, le dice el padre, y el protagonista sale del diálogo, vuelve a la voz del narrador y cuenta:

“suena grande, numerosa,

la palabra familia”..

Esa idea me hizo acordar a una escena con mi mamá. Era domingo al mediodía y yo tenía 9 o 10 años. Los sábados a la mañana ella me dejaba en lo de mi papá, de quien se había divorciado cuando yo estaba en preescolar, y me pasaba a buscar al día siguiente antes de almorzar. Ese domingo entonces, antes de que mi mamá me buscara y tocara bocina al ritmo de tapa-tapita para que yo saliera, mi papá estaba haciendo un asado.

Eran tiempos en que mis hermanos (más grandes, de un matrimonio anterior, y que no vivían con él) iban mucho a su casa, a veces incluso se quedaban a dormir, y ese domingo se juntaban. Con mi mamá (de quien yo era la única hija) casi siempre comíamos en lo de algún matrimonio amigo de ella, que a veces tenían hijos, que a veces eran amigos míos.

Ese domingo entonces, mi papá me dijo:

¿No te querés quedar? Pasamos un domingo en familia.

Quería, sí, y cuando llegó mi mamá le pedí quedarme. Ella me dijo pero vamos a lo de tal (no recuerdo a dónde), ya quedamos,y yo le respondí que quería almorzar en familia. Mi mamá se puso a llorar y me dijo “¿yo no soy tu familia?”, y ahí me puse a llorar yo, y finalmente fuimos a lo de tal, y lo más probable es que la haya pasado bien y comido rico. No recuerdo.

“Suena grande, numerosa, la palabra familia”.

Luis Chaves tiene un poema que dice la familia, un organismo con desventaja en la selección natural. Fabián Casas tiene uno que dice parece una ley: todo lo que se pudre forma una familia. Sui Generis tiene un tema en que una mujer mata a su suegra, el esposo la esconde en el ropero, hay perros y gatos y chicos jugando, y cuando los van a llevar presos no entienden qué pasa y repiten que son una familia muy normal.

La familia es un balero, te podés tirar hasta cierto punto y después la tensión, alguna tensión, te devuelve al centro o a sus bordes. Es un pegatazo, te abrís, te abrís, te abrís, y eventualmente volvés. Así hasta que se rompe. Es una institución, lo dice en todos lados.


Es un salvavidas y una canoa agujereada a la vez.

La familia es la primera forma en que aprendemos a construir al otro. Y las fiestas, por ejemplo, son la época del año en que uno más se permite hablar de su familia como si no fuera parte o, por el contrario, se percibe más emparentado que nunca. Muchas veces la gente tiene familia para, entre −imagino− varios otros motivos, poder disociarse de la familia primera, poder cortar la soga, despegarse, despegar.

La familia, buena o mala, es lo que es, y lo mismo nosotros.

Una de las columnas que Leila Guerriero incluyó en su libro Teoría de la gravedad habla sobre escribir algo monstruoso, indomable, algo sencillamente cruel. Habla de la sensación de manejar sin freno que tiene eso y de cuando merma y todo vuelve a la normalidad, a algo como la palidez de la normalidad. Ella no lo dice así, ella lo llama, en ese contexto,

 “la perfecta otra cosa”.

A veces las familias de los demás son eso, la perfecta otra cosa, el pasto más verde, la infancia más feliz, las abuelas más cocineras, los padres más querendones, las mesas más numerosas. Y la nuestra es, bueno, pálida. Vemos a amigos y parejas interactuar con sus padres y sus hermanos y pensamos, claro, “esto” es una familia.
Y queremos esto, queremos abrazarnos porque sí, de manera espontánea, tener muletillas y chistes internos con los primos, queremos grupos de whatsapp de chicaneo amistoso,

queremos absolutamente toda la violencia de los finales felices.

No es cierto que los padres, como regla general, hacen lo que pueden y todo lo que está a su alcance. A veces hacen menos. No digo que esté bien o mal, habrá casos y casos, sólo que a veces hacen menos. No es cierto tampoco que los hijos son siempre víctimas de sus padres. A veces la gente tiene hijos malos, que para el resto son sólo personas malas pero, lógico, son hijos de alguien; y otras veces hay un equilibrio perfecto y frágil en que, de manera consciente o no, como la cosa funciona ignoramos que al final en realidad todos estamos solos y por muchos mandatos tradiciones charlas y abrazos que nos demos,

uno es uno y el resto es entorno.

Me estoy poniendo oscura, no es la intención. Lo que pienso es que la perfecta otra cosa es percibida como perfecta justamente porque es otra, y no descubrí nada, lo sé, pero creo que descomponer esa otredad ayuda a no buscar estar mejor que, estar bien o mal por contraste, sino simplemente estar bien. No hace falta ser la persona más leída de la familia más numerosa con el grupo de whatsapp más activo del país. No hace falta.

Es una carrera agotadora, sin línea de llegada.

Una vez una amiga me dio un consejo que atesoro y que traigo al frente cada vez que me encuentro espiralada:

mucho menos, mucho menos de todo.

Hace tres años alguien me dijo estoy leyendo este libro, ¿lo conocés?, y me mostró Camanchaca, de Diego Zúñiga. No lo conocía. Me contó más o menos de qué se trataba y destacó una particularidad: cada escena estaba autocontenida en una sola página. Cada página era un capítulo. En ese momento le dije que tenía mis reparos con las historias dispuestas tan fáciles, que veía que se hacían muchos libros así, fáciles. No sé qué pensé que era lo fácil de hilar 109 escenas brevísimas, cada una en una página, a veces incluso menos, que conformaran una gran historia y que encima esa historia resultara atractiva.

Creo que quise decir que un libro así me parecía un libro pensado para gente que no lee, y desde una superioridad ilusoria y berreta traté de establecer una diferencia. Seguramente también buscaba marcar que me gusta que un libro me exija o me desafíe, que no es del todo cierto. A veces también me gusta que un libro no me pida nada y no me deje nada, que me dé sólo el rato de abstracción, hasta de pereza. 

La distinción entre gente-que-lee y gente-que-no-lee me parece inútil desde todo punto de vista, y como sucede con cualquier polarización, para algunos seremos la persona más leída que conocen, y otros van a creer que nos faltan cientos de lecturas fundamentales para poder llamarnos gente-que-lee. En lo personal, no creo que nadie sea inteligente, buena persona o bien pensante porque lee. Pero nada de esto viene a cuento. Sí el libro de Zúñiga, que tiempo después me compré, leí y recomendé.

En la página 87, el protagonista (un chico de, creo, 11 años) le pregunta a su padre cómo puede encontrar a la prima. El papá le dice no sé, para qué la quieres, y el protagonista responde para conversar con ella. Tu prima ya no vive acá, se fue hace tiempo con su familia, le dice el padre, y el protagonista sale del diálogo, vuelve a la voz del narrador y cuenta: “suena grande, numerosa, la palabra familia”..

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Esa idea me hizo acordar a una escena con mi mamá. Era domingo al mediodía y yo tenía 9 o 10 años. Los sábados a la mañana ella me dejaba en lo de mi papá, de quien se había divorciado cuando yo estaba en preescolar, y me pasaba a buscar al día siguiente antes de almorzar. Ese domingo entonces, antes de que mi mamá me buscara y tocara bocina al ritmo de tapa-tapita para que yo saliera, mi papá estaba haciendo un asado.

Eran tiempos en que mis hermanos (más grandes, de un matrimonio anterior, y que no vivían con él) iban mucho a su casa, a veces incluso se quedaban a dormir, y ese domingo se juntaban. Con mi mamá (de quien yo era la única hija) casi siempre comíamos en lo de algún matrimonio amigo de ella, que a veces tenían hijos, que a veces eran amigos míos. Ese domingo entonces, mi papá me dijo ¿no te querés quedar? Pasamos un domingo en familia. Quería, sí, y cuando llegó mi mamá le pedí quedarme. Ella me dijo pero vamos a lo de tal (no recuerdo a dónde), ya quedamos,y yo le respondí que quería almorzar en familia. Mi mamá se puso a llorar y me dijo “¿yo no soy tu familia?”, y ahí me puse a llorar yo, y finalmente fuimos a lo de tal, y lo más probable es que la haya pasado bien y comido rico. No recuerdo.

“Suena grande, numerosa, la palabra familia”.

Luis Chaves tiene un poema que dice la familia, un organismo con desventaja en la selección natural. Fabián Casas tiene uno que dice parece una ley: todo lo que se pudre forma una familia. Sui Generis tiene un tema en que una mujer mata a su suegra, el esposo la esconde en el ropero, hay perros y gatos y chicos jugando, y cuando los van a llevar presos no entienden qué pasa y repiten que son una familia muy normal.

 

La familia es un balero, te podés tirar hasta cierto punto y después la tensión, alguna tensión, te devuelve al centro o a sus bordes. Es un pegatazo, te abrís, te abrís, te abrís, y eventualmente volvés. Así hasta que se rompe. Es una institución, lo dice en todos lados.
Es un salvavidas y una canoa agujereada a la vez. La familia es la primera forma en que aprendemos a construir al otro. Y las fiestas, por ejemplo, son la época del año en que uno más se permite hablar de su familia como si no fuera parte o, por el contrario, se percibe más emparentado que nunca. Muchas veces la gente tiene familia para, entre −imagino− varios otros motivos, poder disociarse de la familia primera, poder cortar la soga, despegarse, despegar.

La familia, buena o mala, es lo que es, y lo mismo nosotros.

Una de las columnas que Leila Guerriero incluyó en su libro Teoría de la gravedad habla sobre escribir algo monstruoso, indomable, algo sencillamente cruel. Habla de la sensación de manejar sin freno que tiene eso y de cuando merma y todo vuelve a la normalidad, a algo como la palidez de la normalidad. Ella no lo dice así, ella lo llama, en ese contexto,                   “la perfecta otra cosa”.

 

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A veces las familias de los demás son eso, la perfecta otra cosa, el pasto más verde, la infancia más feliz, las abuelas más cocineras, los padres más
querendones, las mesas más numerosas. Y la nuestra es, bueno, pálida. Vemos a amigos y parejas interactuar con sus padres y sus hermanos y pensamos, claro, “esto” es una familia. Y queremos esto, queremos abrazarnos porque sí, de manera espontánea, tener muletillas y chistes internos con los primos, queremos grupos de whatsapp de chicaneo amistoso, queremos absolutamente toda la violencia de los finales felices.

No es cierto que los padres, como regla general, hacen lo que pueden y todo lo que está a su alcance. A veces hacen menos. No digo que esté bien o mal, habrá casos y casos, sólo que a veces hacen menos. No es cierto tampoco que los hijos son siempre víctimas de sus padres. A veces la gente tiene hijos malos, que para el resto son sólo personas malas pero, lógico, son hijos de alguien; y otras veces hay un equilibrio perfecto y frágil en que, de manera consciente o no, como la cosa funciona ignoramos que al final en realidad todos estamos solos y por muchos mandatos tradiciones charlas y abrazos que nos demos, uno es uno y el resto es entorno.

 

 

 

Me estoy poniendo oscura, no es la intención. Lo que pienso es que la perfecta otra cosa es percibida como perfecta justamente porque es otra, y no descubrí nada, lo sé, pero creo que descomponer esa otredad ayuda a no buscar estar mejor que, estar bien o mal por contraste, sino simplemente estar bien. No hace falta ser la persona más leída de la familia más numerosa con el grupo de whatsapp más activo del país. No hace falta. Es una carrera agotadora sin línea de llegada.

Una vez una amiga me dio un consejo que atesoro y que traigo al frente cada vez que me encuentro espiralada:

mucho menos, mucho menos de todo.

15 comentarios de “La perfecta otra cosa

    • Ximena dice:

      Me gusta mucho como construye Julieta Habif, el relato es muy bello y las fotos que acompañan también. Voy a seguir la recomendación y leer Camanchaca, de Diego Zúñiga, gracias.

  1. Ludmi dice:

    Si habré pensado en la perfecta otra cosa cuando veía familias que se querían de mis compañeras del colegio y la mía era un bardo. Al final, en la mía también nos queríamos, pero me costó mucho entenderlo. Gracias por este relato tan hermoso (y por todos los otros).

  2. Lula dice:

    «descomponer esa otredad ayuda a no buscar estar mejor que, estar bien o mal por contraste, sino simplemente estar bien»
    lo necesitaba, gracias.

  3. Sandra dice:

    Un relato que se extiende mucho más allá de la familia…..es la expresión de la “idealización” de lo ajeno. A veces resulta difícil creer q nuestra diminuta realidad, seguramente también es “idealizada” por alguien.

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