La rebeldia y las ganas

No busco ser subversiva y tampoco pretendo develar un Lado B de nada, pero pienso que, en el afán de abrir paso a voces e ideas feministas, a veces esos discursos se vuelven una especie de obsesión desesperante que construimos, por ejemplo, sobre el cuerpo, cuidarlo y amarlo de la forma que sea pero tampoco ser presas de eso; sobre la alimentación, si comemos sano o nos comemos todo o si la comida nos da igual; sobre nuestros sentimientos, que está bien y es constructivo comunicar pero cuidado con ser intensas; sobre nuestro ocio, si somos mantenidas o vagas o no sabemos relajarnos y si para eso vamos a un día de spa o juntamos 10 para un partido.

Los imperativos de las mujeres se organizan como si fueran los pasos de una fiesta a la que nos invitaron, una en que se sabe cuándo se come, cuándo se baila, cuándo se charla: ahora te tenés que querer, ahora te tenés que deslomar laburando para ser alguien, ahora tenés que reivindicar tu ocio, ahora tenés que estar buena, ahora estar buena no te tiene que importar, ahora deslumbrá con tu agencia intelectual. En miles de frentes nos ponemos metas inalcanzables y las exteriorizamos como una manera de tener entidad o de mostrarnos aptas, quién sabe para qué, ante quién.

 

 

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A riesgo de alimentar esa obsesión, y de que este texto vaya en contra de todo lo que predica, pienso que esto tiene que ver con que la mayoría de los terrenos, históricamente, tuvimos que conquistarlos. Y todo eso que fuimos ganando debimos convertirlo de rebeldía a cualidad. Quiero decir: si una mujer toma alcohol a la par de un tipo o se acuesta con varias personas sin terminar en pareja con ninguna o se rapa media cabeza, la primera lectura que suele hacerse es que quiere provocar, quiere decir algo, quiere establecer un punto.

A nosotras, el feminismo nos llegó más masticado. No implica que no haya por hacer, hay muchísimo, basta con prender el noticiero media hora o hacer un viaje en colectivo, pero nuestros reclamos pueden ser los que son porque ya hubo conquistas anteriormente. Y de eso se trata siempre, de la conquista, y por eso es agotador, porque en todo lugar que se ocupa, con cada cosa que se hace, hay que dejar una huella, imprimir nuestros nombres.

Una mujer “no puede” simplemente querer tomar alcohol, la que toma mucho es de inmediato La mujer que toma como un tipo. Lo mismo con comer carne, con jugar al fútbol, con hablar de plata. Y pareciera que, cuanto más cosas “de tipo” hace una mujer, más copada es. Porque en definitiva lo que siempre está bueno es lo que vuelve a alguien más poderoso, más desinteresado y menos obsesivo. Pero en realidad no hay cosas “de tipo”.  Al menos en parte es por eso que todo se nos transforma en un imperativo, incluso el goce.

Como somos mujeres, como nada en origen está pensado para nosotras (excepto los cuidados, la calidez y todas esos intangibles del orden del amor que siempre se nos han adjudicado), tenemos el deber tácito de mostrar y demostrar. Todo el tiempo. Demostrar que también somos capaces de hacerlo, quizás hasta mejor. Se complica, por momentos, descansar de eso y disfrutar de lo ganado.

No hay fluidez en una mujer ocupando un lugar que tradicionalmente no le corresponde. Es inorgánico. Sin embargo, en los últimos tiempos, muchísimos espacios se determinaron a sumar mujeres a sus equipos. Más mujeres, más mujeres, más mujeres. Necesitamos más mujeres. Y yo celebro eso, que haya minas trabajando y que haya gente pensando en minas para trabajar a su lado, en los mismos puestos que cualquiera; pero de raíz la cuestión no cambia: en ocasiones se nos contrata primero porque somos mujeres, y después por periodistas, conductoras, técnicas.

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Un lugar como mujer, luego como mujer pensante, luego como, por poner un ejemplo, entrevistadora lúcida. Hay que laburar el doble para que se nos considere por fuera de ese ítem tildado en la lista de políticas de la empresa.

 

Resuenan nombres que todos conocemos, que seguramente lucharon mucho por eso, porque los conozcamos, pero son pocos. Esto no tiene que ver con que casi no haya mujeres pensantes: no son pocas, son invisibilizadas. Se piensa que siempre es mejor y más sencillo trabajar con un hombre, pero ese es un círculo vicioso: se piensa eso sólo porque siempre fue así. Y aquí, otra vez, la conquista. Para que haya más mujeres escribiendo y elaborando sobre otras cosas por fuera del feminismo, tiene que haber más mujeres escribiendo y elaborando sobre otras cosas por fuera del feminismo. Nadie escucha a un economista y piensa qué aburrido, me harta, siempre el dólar, la inflación, los bancos. Bueno, lo mismo con nosotras.

 

Hay veces en que leer e informarse sobre feminismo resulta agotador. Hay veces en que intentar ser la mejor mujer que podemos ser, también. Incluso la más desinteresada por estos temas. Quiero subir una foto en bombacha, pero no quiero quedar como una buscona ni tampoco que se cuestione, por eso, mi inteligencia; pero también quiero que las chicas dejen de subir fotos en bombacha porque, como género, nos vuelve cuerpos y no personas; pero también quiero que cada una haga lo que se le cante. Todo a la vez y todo en nombre de ser mujeres. Bueno, no, todo no se puede y no todo tiene que hacerse para llevar más lejos la conquista.

 

No busco ser subversiva y tampoco pretendo develar un Lado B de nada, pero pienso que, en el afán de abrir paso a voces e ideas feministas, a veces esos discursos se vuelven una especie de obsesión desesperante que construimos, por ejemplo, sobre el cuerpo, cuidarlo y amarlo de la forma que sea pero tampoco ser presas de eso; sobre la alimentación, si comemos sano o nos comemos todo o si la comida nos da igual; sobre nuestros sentimientos, que está bien y es constructivo comunicar pero cuidado con ser intensas; sobre nuestro ocio, si somos mantenidas o vagas o no sabemos relajarnos y si para eso vamos a un día de spa o juntamos 10 para un partido.

Los imperativos de las mujeres se organizan como si fueran los pasos de una fiesta a la que nos invitaron, una en que se sabe cuándo se come, cuándo se baila, cuándo se charla: ahora te tenés que querer, ahora te tenés que deslomar laburando para ser alguien, ahora tenés que reivindicar tu ocio, ahora tenés que estar buena, ahora estar buena no te tiene que importar, ahora deslumbrá con tu agencia intelectual. En miles de frentes nos ponemos metas inalcanzables y las exteriorizamos como una manera de tener entidad o de mostrarnos aptas, quién sabe para qué, ante quién.

A riesgo de alimentar esa obsesión, y de que este texto vaya en contra de todo lo que predica,

Quiero decir: si una mujer toma alcohol a la par de un tipo o se acuesta con varias personas sin terminar en pareja con ninguna o se rapa media cabeza, la primera lectura que suele hacerse es que quiere provocar, quiere decir algo, quiere establecer un punto.

A nosotras, el feminismo nos llegó más masticado. No implica que no haya por hacer, hay muchísimo, basta con prender el noticiero media hora o hacer un viaje en colectivo, pero nuestros reclamos pueden ser los que son porque ya hubo conquistas anteriormente. Y de eso se trata siempre, de la conquista, y por eso es agotador, porque en todo lugar que se ocupa, con cada cosa que se hace, hay que dejar una huella, imprimir nuestros nombres.

Una mujer “no puede” simplemente querer tomar alcohol, la que toma mucho es de inmediato La mujer que toma como un tipo. Lo mismo con comer carne, con jugar al fútbol, con hablar de plata. Y pareciera que, cuanto más cosas “de tipo” hace una mujer, más copada es. Porque en definitiva lo que siempre está bueno es lo que vuelve a alguien más poderoso, más desinteresado y menos obsesivo. Pero en realidad no hay cosas “de tipo”.  Al menos en parte es por eso que todo se nos transforma en un imperativo, incluso el goce.

Como somos mujeres, como nada en origen está pensado para nosotras (excepto los cuidados, la calidez y todas esos intangibles del orden del amor que siempre se nos han adjudicado), tenemos el deber tácito de mostrar y demostrar. Todo el tiempo. Demostrar que también somos capaces de hacerlo, quizás hasta mejor. Se complica, por momentos, descansar de eso y disfrutar de lo ganado.

Sin embargo, en los últimos tiempos, muchísimos espacios se determinaron a sumar mujeres a sus equipos. Más mujeres, más mujeres, más mujeres. Necesitamos más mujeres. Y yo celebro eso, que haya minas trabajando y que haya gente pensando en minas para trabajar a su lado, en los mismos puestos que cualquiera; pero de raíz la cuestión no cambia: en ocasiones se nos contrata primero porque somos mujeres, y después por periodistas, conductoras, técnicas. Un lugar como mujer, luego como mujer pensante, luego como, por poner un ejemplo, entrevistadora lúcida. Hay que laburar el doble para que se nos considere por fuera de ese ítem tildado en la lista de políticas de la empresa.

Resuenan nombres que todos conocemos, que seguramente lucharon mucho por eso, porque los conozcamos, pero son pocos. Esto no tiene que ver con que casi no haya mujeres pensantes: no son pocas, son invisibilizadas. Se piensa que siempre es mejor y más sencillo trabajar con un hombre, pero ese es un círculo vicioso: se piensa eso sólo porque siempre fue así. Y aquí, otra vez, la conquista. Para que haya más mujeres escribiendo y elaborando sobre otras cosas por fuera del feminismo, tiene que haber más mujeres escribiendo y elaborando sobre otras cosas por fuera del feminismo. Nadie escucha a un economista y piensa qué aburrido, me harta, siempre el dólar, la inflación, los bancos. Bueno, lo mismo con nosotras.

Hay veces en que leer e informarse sobre feminismo resulta agotador. Hay veces en que intentar ser la mejor mujer que podemos ser, también. Incluso la más desinteresada por estos temas. Quiero subir una foto en bombacha, pero no quiero quedar como una buscona ni tampoco que se cuestione, por eso, mi inteligencia; pero también quiero que las chicas dejen de subir fotos en bombacha porque, como género, nos vuelve cuerpos y no personas; pero también quiero que cada una haga lo que se le cante. Todo a la vez y todo en nombre de ser mujeres. Bueno, no, todo no se puede y no todo tiene que hacerse para llevar más lejos la conquista.

Permitámonos, también, además de trabajar para ser anfitrionas, hackear la fiesta y bailar cuando se coma, charlar cuando se baile y comer cuando se charle. No para provocar, sino porque tenemos ganas.

No busco ser subversiva y tampoco pretendo develar un Lado B de nada, pero pienso que, en el afán de abrir paso a voces e ideas feministas, a veces esos discursos se vuelven una especie de obsesión desesperante que construimos, por ejemplo, sobre el cuerpo, cuidarlo y amarlo de la forma que sea pero tampoco ser presas de eso; sobre la alimentación, si comemos sano o nos comemos todo o si la comida nos da igual; sobre nuestros sentimientos, que está bien y es constructivo comunicar pero cuidado con ser intensas; sobre nuestro ocio, si somos mantenidas o vagas o no sabemos relajarnos y si para eso vamos a un día de spa o juntamos 10 para un partido.

Los imperativos de las mujeres se organizan como si fueran los pasos de una fiesta a la que nos invitaron, una en que se sabe cuándo se come, cuándo se baila, cuándo se charla: ahora te tenés que querer, ahora te tenés que deslomar laburando para ser alguien, ahora tenés que reivindicar tu ocio, ahora tenés que estar buena, ahora estar buena no te tiene que importar, ahora deslumbrá con tu agencia intelectual. En miles de frentes nos ponemos metas inalcanzables y las exteriorizamos como una manera de tener entidad o de mostrarnos aptas, quién sabe para qué, ante quién.

 

 

 

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A riesgo de alimentar esa obsesión, y de que este texto vaya en contra de todo lo que predica, pienso que esto tiene que ver con que la mayoría de los terrenos, históricamente, tuvimos que conquistarlos. Y todo eso que fuimos ganando debimos convertirlo de rebeldía a cualidad. Quiero decir: si una mujer toma alcohol a la par de un tipo o se acuesta con varias personas sin terminar en pareja con ninguna o se rapa media cabeza, la primera lectura que suele hacerse es que quiere provocar, quiere decir algo, quiere establecer un punto.

A nosotras, el feminismo nos llegó más masticado. No implica que no haya por hacer, hay muchísimo, basta con prender el noticiero media hora o hacer un viaje en colectivo, pero nuestros reclamos pueden ser los que son porque ya hubo conquistas anteriormente. Y de eso se trata siempre, de la conquista, y por eso es agotador, porque en todo lugar que se ocupa, con cada cosa que se hace, hay que dejar una huella, imprimir nuestros nombres.

Una mujer “no puede” simplemente querer tomar alcohol, la que toma mucho es de inmediato La mujer que toma como un tipo. Lo mismo con comer carne, con jugar al fútbol, con hablar de plata. Y pareciera que, cuanto más cosas “de tipo” hace una mujer, más copada es. Porque en definitiva lo que siempre está bueno es lo que vuelve a alguien más poderoso, más desinteresado y menos obsesivo. Pero en realidad no hay cosas “de tipo”.  Al menos en parte es por eso que todo se nos transforma en un imperativo, incluso el goce.

Como somos mujeres, como nada en origen está pensado para nosotras (excepto los cuidados, la calidez y todas esos intangibles del orden del amor que siempre se nos han adjudicado), tenemos el deber tácito de mostrar y demostrar. Todo el tiempo. Demostrar que también somos capaces de hacerlo, quizás hasta mejor. Se complica, por momentos, descansar de eso y disfrutar de lo ganado.

No hay fluidez en una mujer ocupando un lugar que tradicionalmente no le corresponde. Es inorgánico. Sin embargo, en los últimos tiempos, muchísimos espacios se determinaron a sumar mujeres a sus equipos. Más mujeres, más mujeres, más mujeres. Necesitamos más mujeres. Y yo celebro eso, que haya minas trabajando y que haya gente pensando en minas para trabajar a su lado, en los mismos puestos que cualquiera; pero de raíz la cuestión no cambia: en ocasiones se nos contrata primero porque somos mujeres, y después por periodistas, conductoras, técnicas.

 

 

 

 

 


 

Un lugar como mujer, luego como mujer pensante, luego como, por poner un ejemplo, entrevistadora lúcida. Hay que laburar el doble para que se nos considere por fuera de ese ítem tildado en la lista de políticas de la empresa.

Resuenan nombres que todos conocemos, que seguramente lucharon mucho por eso, porque los conozcamos, pero son pocos. Esto no tiene que ver con que casi no haya mujeres pensantes: no son pocas, son invisibilizadas. Se piensa que siempre es mejor y más sencillo trabajar con un hombre, pero ese es un círculo vicioso: se piensa eso sólo porque siempre fue así. Y aquí, otra vez, la conquista. Para que haya más mujeres escribiendo y elaborando sobre otras cosas por fuera del feminismo, tiene que haber más mujeres escribiendo y elaborando sobre otras cosas por fuera del feminismo. Nadie escucha a un economista y piensa qué aburrido, me harta, siempre el dólar, la inflación, los bancos. Bueno, lo mismo con nosotras.

Hay veces en que leer e informarse sobre feminismo resulta agotador. Hay veces en que intentar ser la mejor mujer que podemos ser, también. Incluso la más desinteresada por estos temas. Quiero subir una foto en bombacha, pero no quiero quedar como una buscona ni tampoco que se cuestione, por eso, mi inteligencia; pero también quiero que las chicas dejen de subir fotos en bombacha porque, como género, nos vuelve cuerpos y no personas; pero también quiero que cada una haga lo que se le cante. Todo a la vez y todo en nombre de ser mujeres. Bueno, no, todo no se puede y no todo tiene que hacerse para llevar más lejos la conquista.

 

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