Tamara Tenembaum #2

Se nos vienen encima las fiestas y aparecen las preguntas: si nos gustan, si nos da lo mismo, si nos afectan. También las más prácticas: dónde pasarlas, con quien, quién se ofende, quién no, cuántos regalos, qué regalos. La sensación es que no hay forma de escapar: por todas partes nos dicen que compremos, que consumamos, que nos juntemos (y este año, encima, la demanda es contradictoria: que nos juntemos pero que no nos juntemos). Que seamos felices: la felicidad como una obligación. ¿Cómo funciona eso? ¿Cómo zafar? Ordeno papeles invisibles en mi cabeza, a ver qué saco en limpio.

Primera nota mental:

No entrar en la de la compra sin control. Hay demasiadas razones por las que podemos caer en esto en año nuevo. Sobre todo, la ansiedad: terminar el año siempre es difícil. Viene con balances, y según el humor con el que te encuentre (y convengamos que el 2020 fue especialmente complejo, por decir lo mínimo que se puede decir) es probable que pienses más en lo que no llegaste a hacer que en lo que sí lograste sobrevivir.

 

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Quizás habías pensado en recibirte, y no te recibiste; quizás pensabas que te comprabas el auto y no alcanzó; quizás querías tener un hijo y no se armó; quizás te separaste; quizás te peleaste con tu mejor amiga; quizás ibas a escribir tu primer libro, a armar tu emprendimiento o a cambiar de trabajo; quizás no pasó. Esas faltas duelen y a veces taparlas comprando es tentador, sobre todo cuando la publicidad te inunda con ofertas engañosas y que venden, antes que nada, la satisfacción, otra vez: la felicidad como commodity, como los ojos sonrientes de la modelo que muestra un par de zapatos, como una familia de dentaduras resplandecientes alrededor de una mesa arreglada con vajilla nueva.

 

Regalar puede ser lindo, regalarse también, pero no nos dejemos enganchar por la trampa de llenarnos de cosas que no necesitamos y de gastar dinero que después va a ser más angustiante no tener. Comprar es como los likes de Instagram: pensás que te hace feliz pero es un segundo, es una dosis. Después necesitás más. Y después viene el vacío.

 

 

Segunda nota mental:

Cuidado con el trabajo de la familia. Esta frase, “el trabajo de la familia”, se la leí a Sara Ahmed, una filósofa feminista que me gusta mucho. Sabemos que la familia puede volverse un trabajo; y por supuesto, también sabemos que por la gente que queremos a veces hacemos cosas que no necesariamente nos gustan, y nadie se murió por pasar una noche con gente con la que hubiera preferido no pasarla. Así y todo, creo que si una puede hacerlo, está bueno correrse del trabajo de la familia.

 

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Las mujeres tendemos históricamente a ocuparnos de ese trabajo, y no hablo solo de limpiar y cocinar, sino de lo que se entiende por trabajo emocional: recordarle a tu marido que llame a su mamá, asegurarse de sostener los vínculos familiares correspondientes, elegir los regalos, organizar todos los pormenores prácticos y afectivos de Navidad y Año Nuevo. Es una carga física, emocional y mental. Tratemos de evitarla; y la parte que no se puede evitar, tratemos de repartirla.

 

 

Tercera y última:

 

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¿Cómo zafar? ¿Hay que zafar? La verdad no sé. De los imperativos (el del consumo, el del trabajo emocional) está bueno correrse todo lo que una pueda, pero también pienso en otra cosa: la necesidad de los rituales. Charlaba de esto el otro día, hace poco, con una amiga que atravesó una conversión religiosa: nos la pasamos buscando rituales, generar momentos, que la vela aromática, que el baño de espuma, que el ritual del skincare todas las noches, y a veces olvidamos que tenemos a manos rituales y relatos colectivos, religiosos y laicos.

El final del año es uno de esos momentos. Que la que lo necesite descanse en ese relato colectivo, en esa posibilidad de una pausa y un nuevo comienzo, que siempre tienen algo de ficción, pero qué es un ritual sino eso: una ficción que produce efectos reales en los cuerpos y en las mentes. Un poco largo, pero ese es mi brindis de fin de año.

Se nos vienen encima las fiestas y aparecen las preguntas: si nos gustan, si nos da lo mismo, si nos afectan. También las más prácticas: dónde pasarlas, con quien, quién se ofende, quién no, cuántos regalos, qué regalos.

 La sensación es que no hay forma de escapar: por todas partes nos dicen que compremos, que consumamos, que nos juntemos (y este año, encima, la demanda es contradictoria: que nos juntemos pero que no nos juntemos). Que seamos felices: la felicidad como una obligación. ¿Cómo funciona eso? ¿Cómo zafar?

Ordeno papeles invisibles en mi cabeza, a ver qué saco en limpio. 

 

Primera nota mental:

No entrar en la de la compra sin control. Hay demasiadas razones por las que podemos caer en esto en año nuevo. Sobre todo, la ansiedad: terminar el año siempre es difícil. Viene con balances, y según el humor con el que te encuentre (y convengamos que el 2020 fue especialmente complejo, por decir lo mínimo que se puede decir) es probable que pienses más en lo que no llegaste a hacer que en lo que sí lograste sobrevivir.

Quizás habías pensado en recibirte, y no te recibiste; quizás pensabas que te comprabas el auto y no alcanzó; quizás querías tener un hijo y no se armó; quizás te separaste; quizás te peleaste con tu mejor amiga; quizás ibas a escribir tu primer libro, a armar tu emprendimiento o a cambiar de trabajo; quizás no pasó.

 

Esas faltas duelen y a veces taparlas comprando es tentador, sobre todo cuando la publicidad te inunda con ofertas engañosas y que venden, antes que nada, la satisfacción, otra vez: la felicidad como commodity, como los ojos sonrientes de la modelo que muestra un par de zapatos, como una familia de dentaduras resplandecientes alrededor de una mesa arreglada con vajilla nueva.

– Regalar puede ser lindo, regalarse también, pero no nos dejemos enganchar por la trampa de llenarnos de cosas que no necesitamos y de gastar dinero que después va a ser más angustiante no tener. –

 

Comprar es como los likes de Instagram: pensás que te hace feliz pero es un segundo, es una dosis. Después necesitás más. Y después viene el vacío.

Segunda nota mental:

Cuidado con el trabajo de la familia. Esta frase, “el trabajo de la familia”, se la leí a Sara Ahmed, una filósofa feminista que me gusta mucho. Sabemos que la familia puede volverse un trabajo; y por supuesto, también sabemos que por la gente que queremos a veces hacemos cosas que no necesariamente nos gustan, y nadie se murió por pasar una noche con gente con la que hubiera preferido no pasarla.

Así y todo, creo que si una puede hacerlo, está bueno correrse del trabajo de la familia. Las mujeres tendemos históricamente a ocuparnos de ese trabajo, y no hablo solo de limpiar y cocinar, sino de lo que se entiende por trabajo emocional: recordarle a tu marido que llame a su mamá, asegurarse de sostener los vínculos familiares correspondientes, elegir los regalos, organizar todos los pormenores prácticos y afectivos de Navidad y Año Nuevo. Es una carga física, emocional y mental. Tratemos de evitarla; y la parte que no se puede evitar, tratemos de repartirla.

 

Tercera y última:

¿Cómo zafar? ¿Hay que zafar? La verdad no sé. De los imperativos (el del consumo, el del trabajo emocional) está bueno correrse todo lo que una pueda, pero también pienso en otra cosa: la necesidad de los rituales. Charlaba de esto el otro día, hace poco, con una amiga que atravesó una conversión religiosa: nos la pasamos buscando rituales, generar momentos, que la vela aromática, que el baño de espuma, que el ritual del skincare todas las noches, y a veces olvidamos que tenemos a manos rituales y relatos colectivos, religiosos y laicos. El final del año es uno de esos momentos.

Que la que lo necesite descanse en ese relato colectivo, en esa posibilidad de una pausa y un nuevo comienzo, que siempre tienen algo de ficción, pero qué es un ritual sino eso: una ficción que produce efectos reales en los cuerpos y en las mentes.

Un poco largo, pero ese es mi brindis de fin de año.

Un comentario de “Tamara Tenembaum #2

  1. Belen dice:

    Creo que hay que reivindicar “el trabajo de familia” en vez de incitarnos a corrernos. Es sensacional considerar al otro, agasajarlo, pensar cómo quitarle una sonrisa con un regalo. Y en navidad le dicen magia. Es una tarea, que mientras sea elegida y en cantidades que una lleve con gracia, por qué esquivar? Destaquémosla!

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