Un 8 de marzo que insiste y resiste

Lo agotador y lo desafiante de la violencia machista es su persistencia. El mundo cambia a nuestro alrededor: todas sentimos, incluso las muy jóvenes, que la vida es distinta de cuando éramos chicas, que la cultura cambia, que hay cosas que ya no pasan, o pasan menos; que la violencia contra las mujeres, aunque siga existiendo, ya no se justifica socialmente, ya no se considera un hecho privado y aceptable, o un error comprensible. En los ámbitos de trabajo, en las instituciones educativas, pensamos que los varones “se cuidan más” (no nos cuidan a nosotras, se cuidan ellos de ser mal mirados, pero ya sería bastante). Todo esto es cierto, nuestras vidas han cambiado;  y sin embargo, evidentemente, hay algo que insiste y resiste. Desde que se empezaron a contabilizar los femicidios su frecuencia nunca baja; con algún mínimo margen de error, en la Argentina muere una mujer a manos de la violencia machista cada 24 horas.

Ese número es una especie de yunque que no logramos mover, porque no podemos hacerlo solas; ni siquiera podemos hacerlo juntas, si el Estado no nos apoya.

 

 

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¿Y qué hay para decir, entonces? ¿Qué hay de nuevo? No sé si serán novedades, pero quiero recordar tres puntos en los que creo con firmeza y que me parecen clave para pensar la dirección de nuestros esfuerzos.

1) En Argentina, como en muchos otros lugares, las mayoría de las víctimas conocían al femicida: en muchos casos se trata de una pareja o ex pareja. El patriarcado quiere enseñarnos una y otras que el peligro está “afuera” de casa, que por eso tenemos que quedarnos bien encerradas, cuidarnos de la calle, de la noche, la diversión y los “tipos raros” (siempre construidos con estereotipos racistas y clasistas) y confiar en que todo lo que sucede dentro de vínculos “autorizados” (parejas, matrimonios, familias) es seguro e inapelable. Tardamos años, por ejemplo, en poder decir que en un matrimonio también puede haber una violación, y todavía es difícil que nos lo crean. Estemos atentas a no reproducir este binarismo, entre nosotras, con nuestras amigas, con nuestras hijas. Ser libres no es peligroso. Peligroso es no tener a quién acudir o con quién hablar porque sentimos que nadie nos podría creer que un tipo tan bueno y querido por todos podría estar haciéndonos daño.

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2) No podemos frenar la violencia machista sin el Estado: tenemos que seguir exigiendo recursos para que la Justicia y la policía sean respuestas a un problema y no pesadillas. Exijamos, como ciudadanas, instituciones que no nos traten como ciudadanas de segunda; y no confiemos en nadie que nos diga que esto se puede hacer solo con buenas intenciones, sin un Estado fuerte que dedique una parte importante de sus recursos a la atención y prevención de la violencia contra las mujeres. No somos un detalle ni una nota al pie.

 

3) No podemos sin el Estado, pero nuestras redes también nos salvan. La casa de una amiga que nos recibe en la mitad de la noche, la vecina que escucha una discusión y toca la puerta, la compañera de trabajo que va con vos a hacer una denuncia: seamos todo eso, dentro de nuestras posibilidades, pongamos el cuerpo cuidándonos. Seamos el par de ojos, el par de manos, el abrazo que otra necesita en el momento menos oportuno.

Es difícil hablar de ciertas cosas, pero la conversación es militancia y es compañía.

Lo agotador y lo desafiante de la violencia machista es su persistencia. El mundo cambia a nuestro alrededor: todas sentimos, incluso las muy jóvenes, que la vida es distinta de cuando éramos chicas, que la cultura cambia, que hay cosas que ya no pasan, o pasan menos; que la violencia contra las mujeres, aunque siga existiendo, ya no se justifica socialmente, ya no se considera un hecho privado y aceptable, o un error comprensible. En los ámbitos de trabajo, en las instituciones educativas, pensamos que los varones “se cuidan más” (no nos cuidan a nosotras, se cuidan ellos de ser mal mirados, pero ya sería bastante).

Todo esto es cierto, nuestras vidas han cambiado;  y sin embargo, evidentemente, hay algo que insiste y resiste. Desde que se empezaron a contabilizar los femicidios su frecuencia nunca baja; con algún mínimo margen de error, en la Argentina muere una mujer a manos de la violencia machista cada 24 horas. Ese número es una especie de yunque que no logramos mover, porque no podemos hacerlo solas; ni siquiera podemos hacerlo juntas, si el Estado no nos apoya.

¿Y qué hay para decir, entonces? ¿Qué hay de nuevo? No sé si serán novedades, pero quiero recordar tres puntos en los que creo con firmeza y que me parecen clave para pensar la dirección de nuestros esfuerzos.

1) En Argentina, como en muchos otros lugares, las mayoría de las víctimas conocían al femicida: en muchos casos se trata de una pareja o ex pareja. El patriarcado quiere enseñarnos una y otras que el peligro está “afuera” de casa, que por eso tenemos que quedarnos bien encerradas, cuidarnos de la calle, de la noche, la diversión y los “tipos raros” (siempre construidos con estereotipos racistas y clasistas) y confiar en que todo lo que sucede dentro de vínculos “autorizados” (parejas, matrimonios, familias) es seguro e inapelable.

Tardamos años, por ejemplo, en poder decir que en un matrimonio también puede haber una violación, y todavía es difícil que nos lo crean. Estemos atentas a no reproducir este binarismo, entre nosotras, con nuestras amigas, con nuestras hijas. Ser libres no es peligroso. Peligroso es no tener a quién acudir o con quién hablar porque sentimos que nadie nos podría creer que un tipo tan bueno y querido por todos podría estar haciéndonos daño.

2) No podemos frenar la violencia machista sin el Estado: tenemos que seguir exigiendo recursos para que la Justicia y la policía sean respuestas a un problema y no pesadillas. Exijamos, como ciudadanas, instituciones que no nos traten como ciudadanas de segunda; y no confiemos en nadie que nos diga que esto se puede hacer solo con buenas intenciones, sin un Estado fuerte que dedique una parte importante de sus recursos a la atención y prevención de la violencia contra las mujeres. No somos un detalle ni una nota al pie.

3) No podemos sin el Estado, pero nuestras redes también nos salvan. La casa de una amiga que nos recibe en la mitad de la noche, la vecina que escucha una discusión y toca la puerta, la compañera de trabajo que va con vos a hacer una denuncia: seamos todo eso, dentro de nuestras posibilidades, pongamos el cuerpo cuidándonos. Seamos el par de ojos, el par de manos, el abrazo que otra necesita en el momento menos oportuno.

Es difícil hablar de ciertas cosas, pero la conversación es militancia y es compañía

Lo agotador y lo desafiante de la violencia machista es su persistencia. El mundo cambia a nuestro alrededor: todas sentimos, incluso las muy jóvenes, que la vida es distinta de cuando éramos chicas, que la cultura cambia, que hay cosas que ya no pasan, o pasan menos; que la violencia contra las mujeres, aunque siga existiendo, ya no se justifica socialmente, ya no se considera un hecho privado y aceptable, o un error comprensible.

 En los ámbitos de trabajo, en las instituciones educativas, pensamos que los varones “se cuidan más” (no nos cuidan a nosotras, se cuidan ellos de ser mal mirados, pero ya sería bastante). Todo esto es cierto, nuestras vidas han cambiado;  y sin embargo, evidentemente, hay algo que insiste y resiste. Desde que se empezaron a contabilizar los femicidios su frecuencia nunca baja; con algún mínimo margen de error, en la Argentina muere una mujer a manos de la violencia machista cada 24 horas. Ese número es una especie de yunque que no logramos mover, porque no podemos hacerlo solas; ni siquiera podemos hacerlo juntas, si el Estado no nos apoya.

 

 

 

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¿Y qué hay para decir, entonces? ¿Qué hay de nuevo? No sé si serán novedades, pero quiero recordar tres puntos en los que creo con firmeza y que me parecen clave para pensar la dirección de nuestros esfuerzos.

1) En Argentina, como en muchos otros lugares, las mayoría de las víctimas conocían al femicida: en muchos casos se trata de una pareja o ex pareja. El patriarcado quiere enseñarnos una y otras que el peligro está “afuera” de casa, que por eso tenemos que quedarnos bien encerradas, cuidarnos de la calle, de la noche, la diversión y los “tipos raros” (siempre construidos con estereotipos racistas y clasistas) y confiar en que todo lo que sucede dentro de vínculos “autorizados” (parejas, matrimonios, familias) es seguro e inapelable. Tardamos años, por ejemplo, en poder decir que en un matrimonio también puede haber una violación, y todavía es difícil que nos lo crean. Estemos atentas a no reproducir este binarismo, entre nosotras, con nuestras amigas, con nuestras hijas. Ser libres no es peligroso. Peligroso es no tener a quién acudir o con quién hablar porque sentimos que nadie nos podría creer que un tipo tan bueno y querido por todos podría estar haciéndonos daño.

2) No podemos frenar la violencia machista sin el Estado: tenemos que seguir exigiendo recursos para que la Justicia y la policía sean respuestas a un problema y no pesadillas. Exijamos, como ciudadanas, instituciones que no nos traten como ciudadanas de segunda; y no confiemos en nadie que nos diga que esto se puede hacer solo con buenas intenciones, sin un Estado fuerte que dedique una parte importante de sus recursos a la atención y prevención de la violencia contra las mujeres. No somos un detalle ni una nota al pie.

3) No podemos sin el Estado, pero nuestras redes también nos salvan. La casa de una amiga que nos recibe en la mitad de la noche, la vecina que escucha una discusión y toca la puerta, la compañera de trabajo que va con vos a hacer una denuncia: seamos todo eso, dentro de nuestras posibilidades, pongamos el cuerpo cuidándonos. Seamos el par de ojos, el par de manos, el abrazo que otra necesita en el momento menos oportuno.

Es difícil hablar de ciertas cosas, pero la conversación es militancia y es compañía.

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